Provincia de Cuenca '09
Capítulo IV: Torcas de los Palancares, Lagunas de Cañada del Hoyo y Cañete
Cuando estábamos en Cuenca, solíamos dedicar tres días a la semana para estudiar y otro para hacer excursiones. Una de esas tardes de "descanso" planificamos una jornada maratoniana, hasta tal punto que desafiamos a un Sol de justicia y salimos directamente desde el trabajo de Eri, a las 14:00 porque si no salíamos pronto no nos daría tiempo a ver todo.
Los principales objetivos del día estaban en plena Serranía de Cuenca (en concreto, en la Serranía Baja), por lo que abrimos bien nuestros pulmones para llenarlos de un aire puro que nada tiene que ver con la horrible contaminación a la que Madrid nos tiene acostumbrado.
La
primera para la hicimos en las Torcas de Palancares.
Llegar a esta auténtica belleza de la naturaleza, catalogada como
Monumento Natural de Palancares y Tierra Muerta desde 2001, es
bastante sencillo desde Cuenca. No hay más que coger la carretera de
Teruel y seguir las indicaciones, que nos llevarán hasta el centro de
interpretación.
Como fuimos a una hora un poco rara el edificio estaba cerrado, pero al lado había unos paneles explicativos que nos ayudaron a planificar la visita. Según ponía hay un camino más largo y otro más corto, y aunque no suele ser habitual en nosotros nos inclinamos por el más breve ya que luego queríamos ver más cosas. Por cierto... ¿Qué son las Torcas de Palancares? En primer lugar hay que decir que una torca es una dolina de hundimiento tectónico, que en la práctica viene a ser (como dice la RAE) una "depresión circular con bordes escarpados en un terreno". El conjunto de Palancares alberga 22 torcas enormes distribuidas a lo largo de los dos caminos que hemos dicho.
Como el camino corto es una hora, tras haber leído los carteles nos pusimos en marcha. El recorrido ofrece no solo una buena muestra del paisaje serrano conquense, sino de buena parte de la meseta. Los pinares y avellanares dan buen olor, hacen que el recorrido sea agradable visualmente y encima contribuyen a que se forme un microclima bastante agradable. Por cierto, el suelo estaba lleno de pequeñas piñas de muy variados colores y formas.
La primera torca con la que nos topamos fue El Torcazo, que al menos a nosotros, que no sabíamos exactamente como era una de estas formaciones geológicas, nos dejó con la boca abierta. Estos enormes agujeros en la tierra dan la sensación de ser pequeños mundos aparte, y de hecho según pudimos leer algunos presentan climas o especies endémicos por la incomunicación con la parte alta. Vamos, que en cualquier momento parecía que iba a salir un dinosaurio o un mamut.
Sin lugar a dudas, la más importante de las torcas que se ven en el camino corto es la Torca del Lobo, no solo por tamaño sino porque tiene menos vegetación que otras y por tanto la panorámica genera mayor sensación de profundidad. Es tan célebre que incluso cuenta con su propia leyenda...
De todos modos, aquí mejor que nunca funciona el tópico de "una imagen vale más que mil palabras". Aquí tenéis una panorámica que hemos hecho juntando tres fotos, para que os hagáis a la idea de es la Torca del Lobo:
Impresionante,
¿Verdad? Nosotros no nos imaginábamos a ciencia cierta como serían las
torcas, pero desde luego no esperábamos algo tan llamativo. Desde aquí
el recorrido continúa, pero se bifurca entre el tramo largo, que dejamos
para otra ocasión, y el tramo corto, que fue el que seguimos. En
general, el paisaje en sí nos encantaba, ya que ni se parece a la zona
donde vivimos -Madrid- ni a otros
lugares que hayamos visitado antes. Nosotros solemos ir a espacios
naturales, ya que nos encanta estar en medio del campo, pero las torcas
nos sorprendieron realmente.
La siguiente en el camino es la Torca de la Escaleruela, llamada así porque sus bordes están menos definidos y hay una especie de camino para ir hasta abajo del todo. Esta zona tenía pinta de ser algo más húmeda, ya que tenía más vegetación que la anterior, y de hecho muy cerquita estaba la Torca del Agua. Por cierto, ya que estábamos aprovechamos para recoger algunas piñas, pensando en ponerlas a secar y hacer algún tipo de manualidad con ellas para decorar nuestra casa.
Con esa torca terminaba el camino, así que cogimos el coche pensando en ir a nuestro siguiente destino. Sin embargo, a los pocos metros había anunciada otra torca, la Torca de la Novia, y como no habíamos tardado demasiado decidimos parar a echar un ojo. No es de las más bonitas, pero también tiene su propia historia...
Con esa triste historia abandonamos las Torcas de Palancares en dirección a nuestro siguiente objetivo: las Lagunas de Cañada del Hoyo. Este Monumento Natural es un conjunto de siete pequeñas lagunas, divididas entre el grupo superior y el grupo inferior. En realidad, la división es artificial: el grupo superior es de visita libre y el inferior está enmarcado en la finca Siete Leguas, una propiedad privada que explota el enclave desde el punto de vista turístico. Hay que pagar un par de euros por persona, pero merece la pena ya que no solo te dan un tríptico de la zona, sino que además la gente que lleva el lugar es una auténtica enamorada del mismo y lo tiene muy bien cuidado. Además, el hombre que dirige todo es muy simpático y una de esas personas a las que merece la pena conocer.
La
pregunta del millón: ¿Cómo se llega a las Lagunas de Cañada del Hoyo?
Yendo desde las Torcas, como nosotros, no hay más que seguir el camino y
al final están las indicaciones. Si se va desde Cuenca, hay que coger la
N-420 y cuando se pueda coger el desvió a Cañada del Hoyo. En ambos
casos, ojito con el último desvío, pues está indicado muy mal y hay que
pegar un volantazo para no pasarse.
Un consejo: recomendamos hacer la visita siguiendo un orden, para no andar innecesariamente ni dar rodeos. El orden correcto (y que nosotros no seguimos, porque no conocíamos el lugar) sería ver primero las tres lagunas del grupo superior y luego las cuatro del inferior. Las primeras están divididas de la siguiente manera: Laguna de la Gitana, que está en el primer aparcamiento; y la Laguna del Tejo y la Lagunilla, que están un poco más adelante y a las cuales se puede ir tanto andando como en coche. El grupo inferior está algo más alejado, así que hay que volver a coger el coche, pasar por una pequeña construcción de piedra, comprar las entradas e ir hacia abajo hasta que se acabe la carretera, donde hay un cobertizo para dejar los coches.
Pero
bueno, vayamos por partes. Nosotros, una vez encontramos el sitio,
dejamos el coche en el primer aparcamiento y fuimos a ver la primera de
las siete lagunas: la Laguna de la Gitana. Lo primero
que llama la atención es el colorido que tiene el agua, aunque en
realidad ese es uno de los principales atractivos del lugar: cada masa
de agua tiene un color distinto, atípico y que desde luego llama la
atención. Todo tiene explicación científica, aunque también una bonita
leyenda.
Aunque antes os hemos dado un orden adecuado, sobre el terreno fuimos improvisando, y después de ver la Laguna de la Gitana nos fuimos a ver el grupo de lagunas inferior. Así, cogimos el coche y fuimos hasta la entrada del Aula de la Naturaleza 7 Leguas, donde pasamos un rato hablando con el hombre de la entrada. Nos contó varias curiosidades sobre la zona, a cada cual más interesante. Después cogimos de nuevo el coche para ir hasta el final de la carretera y dejar el coche para hacer dar un paseo de unos tres cuartos de hora más o menos.
Igual hay gente que esto le suena a chino, pero para nosotros respirar aire tan puro es una maravilla. Vivir en los alrededores de Madrid hace que respiremos un aire nefasto, contaminado y perjudicial para la salud. Por eso, cada visita a un lugar como este, en medio de la naturaleza, supone una auténtica catarsis que resulta plenamente reconfortante.
Dentro
de la finca Siete Leguas, lo primero que vimos fue la Laguna Parra. La
peculiaridad de esta masa de agua es que a raíz de su fisonomía en forma
de cubeta genera un pequeño microclima en el cual crecen especies
totalmente distintas a las que frecuentan el entorno. A nosotros lo que
nos llamó la atención fue el color azul del agua...
Unos pasos más adelante está la Laguna Cardenillas, la más grande del Grupo Inferior de las Lagunas de Cañada del Hoyo. Su tono es algo más verdoso, lo cual ha quedado plasmado en el nombre: Cardenillas viene del color cárdeno. Según pone en el folleto que nos dieron, esta laguna podría ser clave en el proceso de formación de todo el conjunto. Aquí va una foto panorámica, pedimos disculpas por ser unos patanes juntando las imágenes con el Photoshop:
Una
cosa extraña que vimos por varios puntos de la geografía conquense,
aunque aquí en especial, fue un tipo de tierra color verdoso en el que
no solían crecer plantas alrededor. ¿Será por este tipo de suelo por lo
que la zona también se conoce por Tierra Muerta? Desde luego tenía un
tono que no invitaba demasiado a pensar en flores o algo parecido.
La tercera formación acuífera del entorno es el Lagunillo de las Tortugas. Diseccionemos su nombre: por un lado, se le llama "Lagunillo" porque es evidente que es más pequeño que las otras lagunas; por otro, se le llama "de las Tortugas" porque en él viven anfibios y reptiles de todo tipo.
Como
se ve en la foto, este agua tiene un color más bien negruzco. Éste viene
dado porque contiene un montón de partículas orgánicas flotando y que
oscurecen el lagunillo. De hecho, son estos restos orgánicos,
procedentes de las algas e insectos que abundan en la zona, los que
hacen que sea un lugar perfecto para que vivan las tortugas y compañía.
El punto final del recorrido lo marca la Laguna Llana, un nombre que seguramente venga de que es la única laguna que se visita casi desde la orilla. Según pone en el folleto de Siete Leguas, es la que más actividad biológica tiene de las cuatro lagunas, ya que sus aguas son especialmente ricas desde el punto de vista nutritivo.
Al
parecer, el fondo plano de la laguna alberga una auténtica pradera de
algas, que es la que hace que el agua tenga un color verdoso y no negro
como cabría esperar después de ver el Lagunillo de las Tortugas. En
cualquier caso, con esta "llanura de agua" el grupo de lagunas inferior
terminaba, y con él el recorrido por la finca Siete Leguas.
De todos modos, aún nos quedaban por ver dos lagunas del grupo superior, así que cogimos el coche y fuimos hasta el punto más cercano en el que se podía dejar. Ambas, la Laguna del Tejo y el Lagunillo, está prácticamente pegadas, y de hecho hay un mirador en el que según al lado en que te asomes ves una u otra. La Laguna del Tejo es enorme, quizá la más grande de todas, mientras que el Lagunillo es el más pequeño y de hecho en los veranos especialmente lluviosos llega a secarse por completo.
Con esto se terminaba la visita a las Lagunas de Cañada del hoyo. Aunque no estaba previsto, ya que estábamos a 3 kilómetros decidimos acercarnos a ver como era el pueblo de Cañada del Hoyo.
Lo
más destacable del mismo es, sin duda, el Castillo del Buen Suceso.
En lo alto del Cerro del Buen Suceso, el lugar lleva
teniendo fines militares desde la presencia musulmana, cuando ya había
una atalaya. Ésta se convierte en castillo a raíz de la conquista del
lugar por Alfonso VI en 1178, pasando a ser fundamental
en la línea defensiva cristiana.
Aunque el castillo, que es Bien de Interés Cultural, no se puede visitar por dentro, merece la pena subir para curiosear por sus alrededores y, sobretodo, entender el motivo por el que fue emplazado aquí. Desde el Cerro del Buen Suceso no solo se tiene una perspectiva clara del pueblo, sino que se controlan visualmente los alrededores y los pasos entre montañas con una simple mirada. Vamos, que era un lugar perfecto para tareas de vigilancia.
Tras esta breve incursión fuimos al último destino del día: Cañete. Siendo sinceros, fue lo que menos nos gustó del día, siendo incluso un poco decepcionante. El motivo de esto no es el pueblo en sí, ya que no es nada feo, sino la imagen preconcebida que llevábamos de él: en su página web y en los folletos turísticos se presenta a Cañete como la octava maravilla del mundo y el auténtico enclave de interés en Cuenca. Aunque es evidente que todos los pueblos hablan bien de si mismo, aquí las expectativas creadas fueron demasiado altas, y el hecho de encontrarnos un pueblo bonito pero no la Capilla Sixtina de la serranía conquense hizo que nos decepcionásemos un poco. Aún así, es una visita recomendable.
La primera imagen que se tiene de Cañete es sencillamente monumental. Su impresionante muralla musulmana, es probablemente el perímetro defensivo más importante de la provincia. El conjunto data del siglo X, y su uniformidad responde a que fue construida toda de una vez, algo que no es del todo frecuente. Sus cinco metros de altura y dos de grosor la convertían, en la Edad Media, en una barrera difícil de superar. A nosotros no nos costó demasiado, ya que se habían dejado la puerta abierta.
Junto a la muralla, el segundo punto de interés más importante de la ciudad es el Castillo de Cañete. Aunque estaba en lo alto y no nos pudimos acercar, desde abajo se aprecia que está mucho peor conservado y rozando la ruina. Es un auténtico castillo roquero, es decir, establecido en lo alto de un terreno escarpado para fomentar sus labores defensivas -ya habíamos visto esto en otros lugares como Calatrava la Nueva (Ciudad Real) o el Cerco de Artajona (Navarra)-. Como los muros, igualmente es de origen musulmán, y también está siempre presente en la vida de los cañeteros.
En
cuanto al pueblo en sí, parece ser uno de esos pueblos que han sabido
conservar su arquitectura popular y adecuar las nuevas construcciones a
las formas tradicionales. No hay muchos edificios que sobresalgan del
resto, pero un paseo por el conjunto de Cañete es un viaje a un pasado
que parece muy lejano pero del que todos provenimos.
Como todo buen pueblo, sus calles conducen a la Plaza Mayor. En ella, de claro origen medieval, se siguen llevando a cabo los mismos usos y costumbres de aquel entonces, siendo el auténtico epicentro de la vida del pueblo. Sus bares, bancos y fuentes invitan a buscar un hueco y dejar pasar el tiempo. El antiguo Colegio de Gramática del pueblo fue partido en dos en el siglo XIX, y de esta división salieron los dos edificios de mayor lustre de la plaza: el Ayuntamiento de Cañete y la Iglesia de San Julián.
En
la Plaza Mayor hay una estatua que recuerda a uno de los hijos más
ilustres del pueblo: Álvaro de Luna, noble castellano y
valido del rey Juan II de Castilla. La estatua del
escultor Javier Barrios recoge la figura de uno de los
personajes más ambiguos de la Historia de Castilla. En líneas generales
se puede decir que hay dos corrientes: una que piensa que era un noble
ambicioso sin el menor escrúpulo y otra que afirma que era un fiel
servidor del rey de Castilla. Sea como fuere, la estatua preside la
Plaza Mayor y vigila la vida de los cañeteros del siglo XXI.
Desde
la plaza empezamos un pequeño paseo para conocer el resto del pueblo. Lo
primero con lo que nos topamos fue una calle que tenía una serie de
escudos en el suelo, aunque no sabemos muy bien de que eran. El caso es
que alejarse unos metros de la Plaza Mayor es como cambiar de mundo:
mientras que en el centro del pueblo hay un montón de gente en los bares
y en los bancos, las calles están prácticamente desiertas. La ausencia
de personas junto a la monotonía de las paredes -todo el pueblo está
pintado de blanco- daban una gran sensación de tranquilidad.
Por
cierto, Cañete no vive sólo de sus murallas y su castillo. El conjunto
monumental tiene más atractivos, como la Iglesia de Santiago.
Probablemente se erigió en el siglo XII, aunque en los siglos XVII y
XVIII hubo una gran tendencia en Cuenca hacia el barroco rural que
transformó el edificio por completo.
Aunque para
cualquier Historiador o Arqueólogo es -o debería ser- evidente que los
muros de Cañete son de origen musulmán con un simple vistazo, si se
husmea un poco hay evidencias que lo demuestran sin ninguna duda. Estas
pruebas hay que buscarlas en las puertas, como la Puerta de las
Eras. Ésta era el principal acceso a la zona fortificada,
enmarcado en una torre albarrana, y sus arcos de herradura son tan
característicos de la arquitectura musulmana que no puede haber lugar
para la discusión. Eso sí, podrían estar mucho mejor conservados.
La
verdad es que estábamos cansados, muy cansados, y desde la Puerta de las
Eras decidimos ir hacia el coche para volver a casa y descansar. Lo
dicho, siendo sinceros Cañete nos decepcionó un poco. Esperábamos un
casco histórico al estilo de Sigüenza,
por ejemplo, ya que la promoción turística del pueblo invita a ello... y
no fue así. La ciudad nos gustó y nos parece una visita recomendable
-sus murallas son impresionantes-, pero si hubiera que elegir entre
Cañete y lo que habíamos visto antes durante ese día nos resultó mucho
más llamativo lo primero.
En cualquier caso, esta excursión por Cuenca nos parece muy interesante porque puede ser una perfecta alternativa a la Ciudad Encantada. Para mucha gente, el binomio Cuenca y Ciudad Encantada va siempre de la mano en la visita a la ciudad, pero desde aquí queremos romper una lanza en favor de esta propuesta. Por ejemplo, pasar la mañana en Cuenca y la tarde en las Torcas de Palancares o las Lagunas de Cañada del Hoyo es un plan que debe ser tenido en cuenta.
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