A Mariña Lucense '09
Capítulo IV: Burela (varios días)
Aunque la casa estaba en Cervo, nuestro verdadero centro de operaciones durante la estancia en A Mariña Lucense fue Burela: allí hacíamos la compra, íbamos a dar una vuelta, pasábamos la mayoría de los días de playa... Es otra de las ciudades "fuertes" de la costa de Lugo, y dado que estuvimos varios días lo que hemos hecho ha sido un único capítulo con todas las cosas que vimos. Se pueden ver en un día, aunque nosotros en dos semanas no nos aburrimos de bajar casi a diario a Burela.
En cuanto a playa no hay queja, pues hay varias y todas de mucha calidad. Nosotros solíamos ir a la Praia o Playa de Portelo, que está dividida en un tramo más grande y otro más pequeño. Toda la playa tiene la calificación de Bandera Azul, lo cual significa varias cosas: baños, duchas, buenos accesos y, sobretodo, limpieza tanto en arena como en agua. En el centro de la playa, a lo lejos, hay un faro que dirige el tráfico marítimo hacia el puerto de la ciudad.
La playa es perfecta para pasear, ya que no hay ni olas ni -en general- aire, así que aunque no haga un día playero siempre se puede caminar. En caso de que no apetezca ir por la arena, hay un gran paseo marítimo que también permite hacer caminatas agradables... salvo en un tramo, donde hay un edificio fabril semi-abandonado y huele bastante mal. De todos modos, tanto en la zona de la playa como si se sobrepasa y se va más adelante (donde, por cierto, hay unas buenas vistas de las rocas con las olas rompiendo) se está perfectamente.
Lo
bueno de la playa es que a pesar de no dar mucho el viento y no ser
incómoda en ese sentido sí que hay lo suficiente como para volar una
cometa. En vista de ello, fuimos a un "chino" y compramos... ¡¡la
pulpocometa!! ¡Ojo! Menudo juego dio hasta que la conseguimos volar...
luego la dominamos y nos aburrimos un poco. Lo que queremos decir con
todo esto es que la playa daba muchas posibilidades, pues además de
jugar con la cometa también había redes para jugar al volley y porterías
de fútbol. Otra cosa buena, que vimos en muchas playas, es que no hace
falta llevar sombrilla, pues ya hay unas enormes puestas que son gratis.
Por
cierto, no es la única playa que hay en Burela. Hubo un día que fuimos a
la Praia da Marosa, que nada tiene que ver con la
anterior: mucho viento y mucho oleaje. Quizá por eso no fuimos más a
menudo allí, ya que aunque era muy bonita era un poco desagradable estar
mucho rato. Por cierto, justo al lado de la playa está el campo de
fútbol del Club Deportivo Burela.
Aparte
de ir a la playa, en Burela hay muchas otras cosas que hacer. Por
ejemplo, ir al mercadillo que ponen todos los viernes,
y que es de los más grandes -y fuimos a varios- que vimos en la zona. En
general los comerciantes son siempre los mismos, pues luego los veríamos
en San Ciprián y en Meira, pero a pesar de ello cada mercado tiene
puestos distintos y un ambiente irrepetible. Las compras que hicimos
fueron de lo más variadas: desde pulseras y camisetas hasta un cuchillo
para pelar patatas. Lo dicho, el viernes es el día de mercadillo y allí
se pueden encontrar productos de lo más interesante -sobretodo para el
bolsillo-.
Tanto ir a la playa como ir de compras tienen algo en común: que ambas actividades abren el apetito. Pero bueno, eso es algo que en Burela no supone ningún problema, pues hay muchos sitios para comer barato y bien. La señora que nos alquiló la casa nos recomendó varios, pero nosotros nos quedamos con el Palacio de Cristal. Este restaurante, que también es hotel, ofrece a partes iguales un trato agradable, comida riquísima y precios muy bajos. Allí comimos cosas muy típicas de Galicia: caldo gallego, pulpo, churrasco... Fuimos varios días a diferentes horas y siempre fueron comidas muy agradables, por lo que lo recomendamos sin ninguna duda.
En cuanto a patrimonio, si bien hay algunas cosillas que ver, Burela no es el pueblo que más nos haya gustado. Tiene el mismo problema que otras ciudades que crecieron mucho durante los dos últimos siglos: miraron al futuro pero no al pasado, y no supieron cuidar sus raíces. Por eso, aunque como ya hemos dicho hay algunas cosas que ver, estas están algo dispersas entre edificios que para nada son destacables.
Vamos por partes. Una de las construcciones más importantes es la Iglesia parroquial de Santa María de Burela. Según pone en la fachada del edificio hay partes que datan del siglo XIV, aunque este es el mejor ejemplo de que algunos pueblos miraron en exceso al futuro sin pensar en el pasado: la torre de la iglesia está hecha con hormigón, rompiendo totalmente con el resto de la estética del edificio. A pesar de todo, casi siempre había gente en la iglesia y no deja de ser uno de los edificios más singulares de Burela.
Sin
embargo, la iglesia a la cual los burelenses guardan más cariño -al
menos eso nos dijeron todos los que pudimos conocer- es la
Iglesia Vila do Medio. Es una pena, porque se anuncian a bombo
y platillo las pinturas interiores del templo, del siglo XVI, pero luego
es muy difícil ir a verlo: solo abre los domingos en misas, y nosotros
nos pasamos incluso a esa hora y aun así estaba cerrada -por lo que nos
fuimos con las ganas-. De todos modos hemos visto fotos en Internet y
son impresionantes, por lo que si alguien tiene ocasión de verlas no
debe dudarlo ni un segundo.
La tercera -y última- iglesia que queremos enseñaros es la Capela da Nosa Señora das Marabillas, es decir, la Capilla de Nuestra Señora de las Maravillas. Está ubicada en la parte alta de la localidad, en una zona conocida como el Mirador de Monte Castelo, desde donde hay unas vistas impresionantes tanto de Burela como de todo el entorno. Además hay merenderos y zonas para caminar, y todos los meses de julio se celebra una romería popular que congrega a todo el pueblo en dos o tres días de fiesta. Esta es otra de las visitas imprescindibles de Burela.
La auténtica decepción de Burela es su publicitada Zona Geológica de Castrelo, la cual está anunciada por todo el pueblo y cuenta incluso con un folleto informativo que te dan en la Oficina de Turismo. La zona geológica de Burela es una antigua playa en la que, casualidades de la vida, confluyen la Rasa Cantábrica y el Batolito de San Cibrao-Burela. Lo que podría ser un atractivo turístico de primer orden -como se ha hecho, por ejemplo, al poner en valor la zona geológica de Zumaia, en el País Vasco- es en la actualidad una especie de vertedero en el que se acumulan a partes iguales las gaviotas y la mierda que produce el puerto. Es hasta peligroso andar entre basura podrida, hierros oxidándose y plásticos de todo tipo. Lo dicho, lo que podía ser algo muy interesante no es más que una decepción.
En
cualquier caso, el puerto de Burela, además de ensuciar
la zona geológica, tiene muchos atractivos. Toda la zona portuaria fue
acondicionada a los nuevos tiempos a finales de los años 90, y desde
entonces es una zona de paseo muy frecuentada por los habitantes del
pueblo. Hay un pequeño recordatorio de dichas obras en forma de
escultura que recuerda la inauguración por Manuel Fraga,
que queramos o no es uno de los políticos más influyentes en la Galicia
del siglo XX. Es muy entretenido pasear por el puerto y ver los
diferentes barcos pesqueros que hay atracados.
Entre todos ellos, hay uno que está atracado de manera permanente: el Barco Museo Bonitero Reina del Carmen. Se trata de un barco atunero que ha sido puesto en valor como museo, el cual se puede visitar (cuesta entre 1.50€ y 2€, y el horario en verano es de 11:00 a 14:00 y de 18:30 a 21:30 todos los días, mientras que el resto del año solo abre por las mañanas entre semana) para conocer de primera mano la dureza de la vida en el mar. Nosotros ya conocíamos el Barco Museo Playa de Ondarzabal, de Lekeitio, pero queríamos enseñarle algo parecido a la familia y además nos encantó visitar ese barco el año anterior.
En este caso, la visita es mucho más atractiva, ya que se hace junto a un auténtico pescador y no junto a alguien de la oficina de turismo, como ocurría en Lekeitio. Una vez se está en la cubierta se pasa al interior, donde el hombre nos contó muchas cosas relacionadas con la vida en el mar: el día a día, las labores de pesca, anécdotas de todo tipo... Vamos, que es muy interesante. Entre los objetos hay de todo, desde conchas enormes hasta un curioso ejemplar de tiburón con dos cabezas.
Como la otra vez, lo que más nos llamó la atención fueron las estrecheces, no solo del habitáculo en el que duermen los marineros de a pie (en unos pocos metros cuadrados caben más de diez personas) sino de la sala de máquinas o del cuarto del capitán, que también es especialmente angosto. El caso es que fue una visita muy interesante y muy útil para tener conciencia de lo dura que es la vida como marinero. Al final, el padre de Edu se quedó hablando con el marinero, y no sólo le contó cosas acerca del barco -por ejemplo, que a veces salen del puerto y se van su mujer y él al mar por puro placer- sino que además le puso en marcha los motores y le estuvo enseñando el funcionamiento del Reina del Carmen.
Aparte de ver el barco museo, también fuimos un par de días por la noche al puerto de Burela para ver de primera mano algunas de las cosas que nos habían contado en la visita: la llegada de los barcos, la descarga de las capturas, la lonja... En cuanto a esto último, cuando estuvimos en Huelva ya comprobamos los vergonzosos precios que los intermediarios pagan a los pescadores en las lonjas, y aquí volvimos a comprobar que no es una excepción. Es repugnante que los pescadores pasen mucho tiempo en el mar jugándose la vida y que luego les paguen un precio varias veces inferior que el que luego ponen en las tiendas.
Aquí pudimos ver todo el proceso de llegada de un barco, desde cuando atracan en puerto -incluso uno de los marineros le tiró un cabo a Edu para que lo atase y quedase fijo- hasta como van sacando las cajas de pescado y uno a uno van metiendo cada pez -atunes, en este caso- en una bolsa de plástico. Es muy interesante ver el proceso, y de hecho no éramos los únicos curiosos que había por los alrededores.
Pues esto fue, en líneas generales, todo lo que hicimos en Burela durante el tiempo que estuvimos en A Mariña Lucense. Se podría haber visto todo en un día, así que este diario seguro que le vale a alguien para planificar su visita.































