Navarra '09
Capítulo IX: Olite, San Martín de Unx y vuelta a casa (día 8)
¡Qué rápido pasa el tiempo! Hace nada estábamos de camino con toda la ilusión del mundo, y ya nos tocaba recoger todo y volver a Madrid. Para colmo, toda la noche estuvo lloviendo, aunque por la mañana las nubes nos dieron una tregua y pudimos recoger la tienda de campaña sin mojarnos. La ilusión de la que antes hablábamos se había transformado en nostalgia, pero como no quedaba otra fuimos a pagar -más bien fue a despedirnos, porque fueron majísimos durante toda la estancia y encima nos regalaron una botella de patxarán-. Eso sí, para que las penas fueran menores decidimos no volver directamente a Madrid, y ya que estábamos acercarnos a ver un par de cosillas en la parte sur de Navarra que aun nos quedaban por ver.
La primera y principal parada fue Olite - Erriberri, una de esas "visitas obligadas" que aparecen en todas las guías de viaje y que todo el mundo recomienda. La verdad es que el primer contacto con la ciudad te deja un poco frío, pues se aparca -sin problemas, y eso que era Viernes Santo y había mucha gente- en una zona totalmente nueva y bastante gris. Pero vamos, que no cunda el pánico, fue dar dos pasos y enseguida llegamos a las cosas turísticas, siendo la primera de ellas el Convento de San Francisco. Data del siglo XVIII, aunque supuestamente está hecho sobre otro fundado en su día por San Francisco de Asís. No es especialmente bonito, pero es el punto de partida para ver el casco viejo de Olite, pues desde ahí sale la Rúa de San Francisco, a la cual se entra atravesando un pequeño arquito.
El día no solo era triste porque se acababa el viaje, sino que además estaba bastante nublado y con pinta de llover. De todos modos, nada nos podía parar, así que fuimos a la Oficina de Turismo -que comparte edificio con el Museo de la Viña y el Vino de Navarra, el cual no pasamos a ver porque tampoco es un tema que nos apasione especialmente- a por un planito y empezamos a recorrer Olite.
La
primeras paradas fueron justo al lado de la Oficina de Turismo,
en la Plaza de los Teobaldos. El edificio de la zona
central de esa plaza es conocido como Palacio Viejo.
Aunque en la actualidad es el Parador Nacional, es el principal
testigo de la Historia de Olite, pues se trata de la parte más antigua
del castillo-palacio.En la misma plaza, pero ya en una esquinita -es fácil llegar, pues está lleno de gente tratando de hacer una foto desde la mejor perspectiva (cosa nada fácil)-, hay un edificio precioso: la Iglesia de Santa María. Es una construcción gótica del siglo XIII, enmarcada en unas arquerías preciosas y que, como acabamos de decir, hacen que sea difícil de fotografiar.
¡Que
penita da que se acabe un viaje! Ya no era como otros días, que íbamos
de un lado para otro con las ganas de seguir viendo cosas. Ahora, cada
edificio que visitábamos nos acercaba un poco más de vuelta a casa, por
lo que íbamos con un espíritu muy diferente. De todos modos, el día se
empezaba a torcer, así que no nos quedaba otra que seguir caminando no
sea que nos mojáramos. Desde la plaza anterior salimos cruzando la
Torre
del Chapitel, también conocida como Torre del Reloj
por haber sido la primera torre en albergar un reloj de campana en toda
la Península Ibérica, allá por el siglo XIV.
Cruzando
la torre, a mano izquierda, se llega al edificio más representativo de
Olite y uno de los más populares de toda Navarra: el Castillo
Palacio Real. La primera vez que se ve impresiona, pues está al
final de una preciosa calle y resaltan mucho sus torres, casi tan
arquetípicas como las del Castillo
de Javier que visitamos hace unos días.El Castillo Palacio Real en su día no fue más que la ampliación del Palacio Viejo que hemos visto antes. Sin embargo, su aspecto actual responde a su evolución histórica: en el siglo XVI fue abandonado, en el XIX se incendió y en el XX lo poco que quedaba fue reconstruido, aunque siguiendo unos patrones totalmente idealizados de los castillos medievales.
Sea como fuere, es una visita imprescindible que como tantas otras comienza pasando por caja, a razón de tres euros por persona. ¡Por cierto! Anda que no se notaba que era Viernes Santo. Hasta entonces había sido un viaje muy plácido, sin agobios, y sin embargo ese día, a pesar del mal tiempo, todo eran aglomeraciones. Pero bueno, vayamos a lo importante: una vez pagamos la entrada nos dispusimos a entrar, y fuimos recibidos por una bonita escultura de Blanca de Navarra, uno de los personajes ilustres del reino. Tras este gran recibimiento, caminamos por distintas estancias que, fatal indicadas, te iban mostrando diferentes aspectos del castillo hasta llegar a unas que están acondicionadas con la exposición "Olite, trono de un reino", en la cual se ven las distintas propuestas de reconstrucción que se hicieron a inicios del siglo XX. Hay rincones chulos, pero literalmente tuvimos que hacer cola para poder hacernos una foto. ¿¡De dónde saldrá tanta gente!?
En el interior del Castillo Palacio Real de Olite hay muchos lugares que destacan por algo en concreto, como tamaño u originalidad. En el caso de las estancias que vamos a comentar ahora, lo que destaca es su belleza. Nos referimos a la Galería del Rey y a la Galería de la Reina (también conocida como Jardín Flotante). Respecto a la primera hay que decir que es el único ejemplo de este tipo de galerías que hay en gótico civil en España. En cuanto a la Galería de la Reina, ésta fue construida por orden del rey para que su mujer tuviese un lugar en el que relajarse cerca de su galería. La belleza de ambos lugares es incuestionable, pero otra vez hay que decir lo mismo: ¡Qué montañas de gente! En cierto sentido era un alivio que se acabaran las vacaciones, pues tener que visitar todo así -y no tranquilos y sin aglomeraciones, como fue el viaje hasta ese día- debe ser estresante.
En la parte alta del castillo hay diversas torres, cada una de su padre y de su madre pero todas con encanto. Nosotros hicimos un intento de subir arriba nada más llegar al castillo, pero llovía y decidimos ver las estancias interiores. Todo un acierto, pues cuando volvimos a salir (cosa de media hora después) ya no llovía y pudimos pasear tranquilos. Ver las torres es bastante entretenido, pues cada una es de un estilo distinto. Las que más nos gustaron fueron la Torre del Aljibe y la Torre de las Tres Coronas, aunque cada una tenía su aquel.
La visita al castillo es larga, pero no se hace pesada -pese a la gente- porque es tremendamente variada, y no solo se ven aspectos típicos como las exposiciones del interior o las torres, sino que también hay otras partes de la visita menos frecuentes, como el Pozo de Hielo, un pozo en forma de huevo en el cual se metía hielo en invierno que se utilizaba durante todo el verano. Desde ahí, por cierto, se pueden contemplar las ruinas de la Capilla de San Jorge, que fue mandada construir por Doña Leonor de Trastámara.
Y si la "nevera real" es un lugar curioso, dos de las últimas estancias que se visitan en el castillo no se quedan atrás. La primera de ellas es el Patio de la Pajarera, un lugar en el cual Carlos III el Noble, el principal impulsor del Castillo Palacio Real, tenía una importante colección de aves exóticas (por cierto, en otras estancias del castillo también tenía otros animales, por lo que más que un palacio real parecía tener un zoo). Es curiosísimo ver como se han hecho nidos artificialmente con yeso en la pared, nunca habíamos visto algo igual. Justo al lado está el Patio de la Morera, en cuyo centro hay, como es lógico, una morera. El árbol es nada menos que Monumento Natural en Navarra, pues la leyenda dice que lo plantó Carlos III (lo cual dotaría al árbol de nada menos que cinco siglos de edad), así que ponerse a coger unas hojas para dar de comer a gusanos de seda no es una buena idea.
Olite
tiene un problema: su turismo está centrado tanto en su Castillo Palacio
Real que una vez lo has visto te queda la sensación de que no queda nada
más que ver. De todos modos, como a nosotros nos gusta ver hasta el
último rincón de cada lugar cogimos el plano y fuimos a ver otras cosas,
como la Iglesia de San Pedro, previa parada en un baño
público (que, por cierto, no tenía señalizado donde era para hombres y
donde para mujeres). Es uno de esos edificios hechos por fascículos:
portada románica, torre gótica, ampliación barroca... Vamos, toda una clase
de Historia del Arte en un único vistazo.
Desde ahí bajamos hacia la Rúa Mayor, la última que vimos en el viaje -y no precisamente de las más bonitas-. Quizá, de lo más bonito fue un enorme blasón en la Casa de Rada. Poquito más quedaba por ver, aunque quisimos pasar por la Plaza de Carlos III, para ver el Ayuntamiento y de paso echar una última mirada al Castillo.
Así como hay sitios que nos han encantado, la ciudad de Olite no terminó de convencernos. Vale, es una visita obligada y tiene un Castillo Palacio Real impresionante, pero te hablan tanto y tan bien que cuando la ves te sabe a poco. Seguramente si Olite hubiera sido la primera visita del viaje y no nos hubieran hablado tanto de ella nos habría parecido mejor, pero como ya hemos dicho nos quedamos un poco fríos.
De
Olite fuimos a la última parada de nuestro viaje: San Martín de Unx.
Fuimos porque un buen amigo nos había insistido mucho en el pueblo y en
su cripta, y a pesar de ir
"a ciegas" (no sabíamos nada ni habíamos visto nada en ninguna guía) con
el primer vistazo al pueblo ya nos dimos por satisfechos: ¡Qué
cosa más bonita!
Este pequeño pueblo, de algo menos de 500 habitantes, es toda una joya que recomendamos desde ya a todo el mundo. Es una visita corta pero intensa que comienza bajando una cuesta, pues el aparcamiento está a las afueras del pueblo en lo alto de un montecillo.
Una
vez se llega al pequeño casco viejo, la bienvenida la da la Iglesia de Santa María de Pópolo.
La iglesia tiene un aspecto de mazacote fuera de lo normal,
prácticamente sin ningún vano: eso se debe a que en origen (siglo XIV)
formaba parte del recinto amurallado, por lo que tenía que ser una
construcción más que sólida. No es muy bonita, pero da igual: San Martín
de Unx es un pueblo que tiene sus atractivos turísticos aprovechados al
100%. Es un núcleo muy pequeño y que sin embargo tiene todo señalizado.
Todas esas señales llevan a la parte alta, donde está lo más célebre del
lugar.Básicamente lo que hay que hacer es subir, subir y subir, en una supuesta ruta medieval que no es más que una calle. Es un pueblo muy bonito, que por arquitectura recuerda bastante a Sos del Rey Católico. Hay que estar pendiente de dos cosas cuando se sube la calle. La primera es el torreón medieval, que está más o menos a mitad. La otra, y muy importante, es la casa de la señora que enseña la cripta. Sí, que nadie espere una oficina de turismo o algo similar: lo que hay que hacer es llamar al timbre, buscar a una señora y que ésta te acompañe arriba para abrirte la iglesia. Nosotros dimos golpes a la puerta y, como no abría nadie, seguimos subiendo.
El destino era la Iglesia de San Martín de Tours, un edificio consagrado en 1156. Su estilo románico destaca por varias cosas, como el pórtico de seis capiteles que da la bienvenida al llegar al templo. Por otro lado, hay que decir que cuando fuimos era Viernes Santo y tenían todos los pasos de Semana Santa preparados para la procesión de ese día. Según nos dijeron, el recorrido consiste en bajar al pie del monte y luego subir la montaña, por lo que no queda otra: los que llevan los pasos son espartanos. No nos pudimos quedar, pues la procesión era a la noche y no nos llamaba mucho, pero debe ser todo un espectáculo verles subir esa pedazo de cuesta cargados con cristos, vírgenes y demás elementos religiosos.
El
interior de la iglesia tampoco es gran cosa, y aunque según dicen es de
estilo románico nos pareció más que reformado. El caso es que estando
dentro nos encontramos con la señora que hace las visitas guiadas
(estaba ayudando en la iglesia a preparar la procesión) y le dijimos que
nos enseñara la cripta. Es todo muy pintoresco, pues es una señora muy
mayor, que va con una muleta y que en vez de decir hola dice que hay que
darla 5€ por pareja para "una ayudita". Junto a nosotros había tres
parejas más, por lo que en enseñarnos la cripta (unos 20 minutos) ganó
20 eurazos.
Básicamente, la señora abre una verja, baja delante para encender las luces y te cuenta la historia de esta preciosa cripta románica de tres naves, descubierta no hace mucho. Su discurso es sorprendentemente técnico, aunque nos dimos cuenta de que se limitaba a repetir una y otra vez lo mismo (a mitad llegó otra pareja y lo que hizo fue repetirles lo mismo palabra por palabra). Pero bueno, vamos a lo importante: ¡¡¡QUÉ PRECIOSIDAD!!! Sin palabras. Es una cripta pequeña, sencilla y muy austera que pese a todo deja sin palabras. No hay que explicar estilo ni nada de eso: simplemente echad un ojo a las fotos y veréis como merece la pena.
Según repitió la señora unas cuantas veces, cada capitel es distinto (lo comprobamos nosotros mismos, incluso hay algunos que conservan la policromía original). En cualquier caso, la visita es bastante pintoresca, y es perfecta para recordar que España no hace mucho era un conjunto de pueblos (y no lo que es ahora, un conjunto de ciudades unidas por grandes nubes de contaminación).
La
cripta fue preciosa, pero también lo último que vimos en este viaje.
Bueno, en realidad lo último que se quedó en nuestra retina fue el
Castillo Palacio Real de Olite, pues la carretera de vuelta pasaba por
ahí. Teníamos intención de ir a ver Tudela, pero nos cayó el diluvio
universal y decidimos comer en un área de servicio y poner rumbo a casa.
La vuelta fue bastante peligrosa, pues hubo varias trombas de granizo e incluso vimos un accidente en el que todavía había gente saliendo de los coches. De todos modos, ni la pena por volver ni la lluvia monzónica que nos cayó encima nos hizo dejar de sonreír. Todo el viaje salió a pedir de boca. Conocimos un montón de lugares, costumbres y personas maravillosas y descubrimos que la Comunidad Foral de Navarra es, como dice el anuncio, tierra de diversidad.





































