De nuevo en Alicante ’11 – Capítulo IV: Una mañana de mercadillos (día 8)

La última “cosa nueva” que hicimos en este viaje, respecto al año anterior en Alicante, fue una mañana en la que fuimos a visitar dos mercadillos. Pero no nos referimos a los típicos rastrillos de playa en los que únicamente se pueden comprar pulseras con conchitas y camisetas, no. Estamos hablando de los típicos rastros de cosas usadas en los que cada tenderete ofrece mil y una sorpresas.

Alicante 22El primero que visitamos fue el Rastro de El Verger, que se celebra todos los sábados y domingos en el Polígono Industrial de El Verger. Desde Benidoleig sólo tardamos unos minutos, y aunque llegamos bastante pronto ya estaban montados todos sus puestos. Se tarda un buen rato en recorrer este rastro, pues hay más de 300 tenderetes.

¿Qué se puede encontrar en él? De todo, absolutamente de todo. Libros en distintos idiomas, juguetes de otro tiempo, videoconsolas antiguas, cazuelas, máquinas de coser, muebles de madera… Hay gente a la que no le gustan este tipo de sitios y dice que lo que se encuentra allí es mierda sin más, pero a nosotros nos encanta rebuscar. La mayoría de las veces no nos llevamos nada, pero en ocasiones descubrimos auténticas joyas a un precio de risa. Por ejemplo, el padre de Edu se compró una vieja máquina de coser Singer por 15€ después de mucho regatear.

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Estuvimos algo más de dos horas en un rastro genial. Quizá no sea tan potente como el Rastro de Madrid, pero desde luego no tiene nada que envidiar a otros mercadillos con muchísimas más fama como el Marché aux puces de Bruselas.

Al Rastro de El Verger sólo fuimos nosotros dos con los padres de Edu, pues a sus hermanas no les gustan mucho estos lugares. Cuando ya estábamos volviendo a casa para recogerlas e ir a la playa… ¡Sorpresa! Vimos anunciado el Rastro de Beniarbeig, que se celebra cada sábado en esa pequeña localidad.

Alicante 26Lo primero que queremos destacar es que se aparcamos enfrente de un edificio precioso. Tenía pinta de ser las típicas escuelas del siglo XIX o de principios del XX, pues pese a estar en bastante mal estado aún estaba reflejada en la fachada la división entre niños y niñas. A nosotros, que amamos la educación, los encantó ver este edificio.

Y sobre el rastro poco que decir, la verdad. Más bien se trata del típico rastrillo hecho entre vecinos -en este caso entre vecinos ingleses- por el que dar un paseo, pero poco más. Vimos alguna pequeña reliquia -como una Nintendo Game Cube-, pero nos supo a poco después de haber visitado el Rastro de El Verger.

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Con esto ponemos punto y final a este atípico diario de viaje. Sólo pretendíamos completar un poco lo que ya escribimos en 2010 sobre la costa de Alicante, un lugar que os recomendamos visitar más allá del turismo de sol y playa.

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