Cuenca ’08 – Capítulo II: La ciudad de las cuestas

Cuenca 01El punto de partida de nuestra visita a Cuenca fue la Catedral de Santa María y San Julián, justo al lado de la Oficina de Turismo (calle Alfonso VIII, nº 2), donde nos hicimos con un mapita que nos acompañó todo el día. Se trata de la primera catedral gótica de Castilla, y a pesar de ser bastante pequeñita es impresionante visualmente hablando, quizá gracias a poder contemplarla desde una buena perspectiva.

Lo primero que hicimos fue comer los bocadillos que teníamos preparados, para a partir de ahí comenzar la visita y la subida de cuestas.

La Plaza Mayor, donde está la Catedral, es el epicentro de la ciudad en muchos sentidos, algo que desde el punto de vista turístico no tiene duda, pues aquí nos concentrábamos la mayor parte de los visitantes de la ciudad. Tomando como punto de partida la plaza, decidimos visitar el casco antiguo en tres partes: primero subiendo a la zona alta (yendo por un lado y volviendo por otro), luego bajando al este a ver las casas colgadas y por últimos ir a la parte sur-suroeste para ver las cosas que nos faltaban. Es una ciudad fácil de recprrer, puesto que todo está cerquita y, quitando el inconveniente de las cuestas nada parece de difícil acceso. Eso sí, antes de seguir hay que decir que la Plaza Mayor tiene más atractivos aparte de la Catedral. Entre ellos destacan el  Ayuntamiento y el Convento de San Pedro de las Justinianas, los cuales estaban relucientes con el buen día que hacía.

Ayuntamiento de Cuenca Cuenca 02 Cuenca 03

Lo dicho, nos comimos los bocatas y empezamos a recorrer la ciudad. Como lo primero que queríamos hacer es ver la parte alta, subimos por la calle de San Pedro, en la parte derecha. El primer lugar de interés que encontramos fue el que alberga los restos de la antigua Iglesia de San Pantaleón. De  este edificio del siglo XIII queda más bien poco, pero los curiosos pueden pasar un rato divertido buscando los símbolos templarios que han quedado impresos en la fachada de la antigua iglesia.

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Cuenca 06Unos pasos más arriba de la calle San Pedro hay un jardincito perteneciente a los mismos restos de San Pantaleón, y que sencillamente nos enamoró. Era uno de esos lugares que aparecen de improviso y en los que pasarías horas y horas viendo pasar las horas o pensando en las musarañas. En definitiva, aunque ya no queden más que restos de la iglesia éstos siguen siendo igual de admirables.

Otra cosa quizás, pero la cuesta de la calle de San Pedro parecía era interminable. Así, subiendo un poco más, y girando a la derecha, llegamos al Colegio de San José. El edificio, según el cartel de la fachada, data del siglo XVII, y no solo ha sido usado como colegio sino que originalmente era una posada. Sea como fuere, otro lugar para tener en cuenta.

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A partir de aquí seguimos no por la calle central, sino por una de las laterales, aprovechando que era un trayecto lleno de pasadizos que atenuaban un poco la temperatura -si, aunque era diciembre hacía bastante calor y además íbamos abrigados-. En uno de esos pasajes nos encontramos con el Cristo del Pasadizo, una curiosa imagen que tiene detrás una historia más que dramática. 

Leyenda del Cristo del Pasadizo
Cuenca 05El joven Julián, de familia humilde, se enamoró de la apuesta Inés, de posición más bien acomodada. Los padres no aprobaban la relación por la mala posición social de Julián, por lo que éste decide ir a la guerra para hacer fortuna. Antes de partir, ambos, frente al Cristo del Pasadizo, se juraron fidelidad hasta la vuelta del chico, cosa que Inés no cumple: la chica cedió ante uno de sus pretendientes, un tal Lesmes. Cuando a los dos años vuelve Julián con una gran fortuna, decide ir a verla por sorpresa al lugar en el que se despidieron, y al ver a su amada con otro hombre ataca a Lesmes. Éste se defendió y mató a Julián, pero Lesmes también murió resbalándose mientras huía a toda prisa. Ante el cariz de la situación, y sintiéndose culpable, Inés se hizo monja de clausura, pues nunca pudo olvidar los hechos que el Cristo del Pasadizo contempló.

¡Que drama! Al ladito del Cristo del Pasadizo hay un panel en el que se cuenta toda la historia, pero aparte de nosotros nadie se paraba a leer. Sea como fuere, tras el trágico desenlace solo hay una manera de quitarse el mal cuerpo: avanzando un poquito más y disfrutando de una de las impresionantes vistas que se pueden contemplar desde Cuenca.

Una de las cosas que más nos gustó la ciudad es la perfecta combinación entre belleza arquitectónica y natural. Y es que la mezcla de esos factores ha hecho, junto al carácter de los conquenses, que la ciudad sea una caja de sorpresas. Aquí y allá aparece un rincón con encanto, una escultura inverosímil o un edificio de hace varios siglos que te deja con la boca abierta. Hay algunas ciudades en las que no se necesita un plano para disfrutar de ellas, y Cuenca es un magnífico ejemplo: pasear sin rumbo horas y horas es toda una delicia.

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Pero vamos, que aunque nos fuésemos parando una y otra vez seguíamos en nuestra ascensión, cada vez más cerca de coronar la ciudad. De camino a ello nos encontramos con dos edificios que nos llamaron bastante la atención. El primero de ellos es la Iglesia de San Pedro, un edificio que aunque es de origen medieval fue reconstruido en estilo barroco y que tiene una planta nada menos que octogonal. Su interior, por si a alguien le interesa, está lleno de pasos de la Semana Santa. Por su parte, el segundo edificio es el Antiguo Convento de las Carmelitas Descalzas, que data del siglo XVII, y que en la actualidad está pluriempleado entre sede de la Fundación Antonio Pérez y de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

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Y, tras mucho andar, llegamos a la parte alta de Cuenca, donde por fin se terminaba la cuesta. Imprescindible calzado cómodo para no morir en la ascensión. Antes de llegar al final propiamente dicho está el edificio de la Inquisición, que en la actualidad es sede del Archivo Histórico Provincial. Tiene, por cuestiones obvias, aspecto de cárcel, y de hecho en época franquista fue utilizado de esa manera. Desde fuera de la ciudad, en la zona del Convento de San Pablo, el edificio da miedo, y sus rejas parecen hablar.

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El último punto de nuestra peculiar ascensión fue las murallas de la ciudad y los restos del Castillo, otro conjunto arquitectónico que alberga varios estilos: fue construido por los musulmanes, y rehecho por los cristianos tras la conquista de Alfonso VIII. El castillo ha sido habilitado con unas pasarelas de metal, y se puede subir por lo que queda de su estructura. Las vistas desde arriba son maravillosas, ya que se puede ver tanto la hoz del río Huecar como la hoz del río Júcar, en medio de las cuales se haya la ciudad.

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Cuenca 20Una vez nos deleitamos con las vistas y tomamos algo de aire, emprendimos el camino de vuelta a la Plaza Mayor por el otro lado de la calle. Nuevamente decidimos no ir por el centro, sino echarnos a un lado y poder disfrutar de las vistas, a pesar de que tuvimos que andar unas cuantas escaleras de más. De todos modos mereció la pena, porque no había nadie y se respiraba una calma absoluta.

En este margen de la ciudad quizá no haya tantos atractivos como en el otro, aunque nuevamente hay que aludir a todos aquellos rincones con encanto que si bien no aparecen en las guías turísticas no hay motivo para olvidarse de ellos. Uno de los edificios de más renombre es la Casa Museo Zavala, del siglo XVIII, habilitada en la actualidad como centro de exposiciones temporales de la Fundación Antonio Saura.

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Cuenca 23Después de haberlo dicho ya tres o cuatro veces podemos parecer exagerados, pero es la realidad: subir y bajar por la calle de San Pedro y sus paralelas es poco menos que hacer escalada. Para muestra, la foto de la pendiente constante con la que hay que lidiar. A la vuelta nos planteamos lo de siempre: ¿cuesta más subir o bajar?

Una vez volvimos a la Plaza Mayor, decidimos bajar hacia la zona este, por la cual se sale extramuros de Cuenca, y seguir bajando cuestas. Para ello fuimos por uno de los laterales de la Catedral hasta llegar a las Casas del Rey, otro de los edificios ilustres de la ciudad. Nuestro objetivo era bajar y bajar, pero entre cuesta y cuesta aprovechamos para hacernos unas cuantas fotos con el paisaje conquense.

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Si queríamos bajar era porque, aunque sea fuera de la ciudad, en la parte baja hay un par de cosas que no se pueden dejar pasar. En primer lugar, el impresionante Puente de San Pablo, una estructura metálica que en cierta medida recuerda al Puente Colgante de Portugalete -aunque en pequeño- y por el cual da un poco de cague pasar, ya que se mueve con el viento. Desde ahí se puede ver el Convento de San Pablo, construido por los Dominicos y que en la actualidad hace las veces de Parador Nacional. Este lugar también nos gustó mucho, además el viento te hace valorar la tranquilidad del interior de Cuenca.

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Subiendo por aquí se llega al emblema de la ciudad, el cual a su vez es uno de los edificios más conocidos de España. Estamos hablando, obviamente, de las famosas casas colgadas. Hay mucha gente que las llama casas colgantes -¡ERROR!-, y se trata de unas casitas construidas en el borde de la ciudad, aprovechando la roca. Están tan en el borde que parece que si alguien se asoma al balcón se van a caer, pero se sabe que están aquí al menos desde el siglo XV, por lo que no debe pasar nada. Hay muchos turistas, y es el mejor ejemplo de que un monumento no tiene por qué ser una gran obra de varias toneladas: esta pequeña casita siempre ha llamado la atención a los visitantes de Cuenca.

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Cuenca 31Desde ahí subimos con relativa tranquilidad hacia la Plaza Mayor, volviendo a pasar por uno de los laterales de la catedral. En este caso, vimos una de esas escenas que te recuerdan que no hace mucho tiempo en España se mataba a la gente por pensar, pues en uno de los laterales hay una gran cruz en honor a José Antonio Primo de Rivera. Sin querer entrar ahora en temas políticos, lo cierto es que es algo que forma parte de la Historia, y nunca está de más encontrarse cosas así para reflexionar sobre la Historia de nuestro país.

La verdad es que volver a la Plaza Central fue una tontería, pues podíamos haber ido directamente a nuestro siguiente destino: el Museo de Cuenca. Está en un edificio conocido como Casa del Curato, del siglo XIV, y el precio de la entrada es simbólico: 1.20€ para los adultos y gratis para estudiantes, jóvenes y jubilados. En su interior hay todo tipo de objetos relacionados con la Historia de Cuenca, aunque sobretodo centrados en Prehistoria, Antigua y Medieval, pues prácticamente todas las salas están dedicadas a esas épocas. La Historia Moderna y Contemporánea está toda junta en una sala de la planta de arriba, en una especie de revoltijo que no tenía ningún sentido. En cualquier caso, un museo sencillo pero muy interesante.

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En el museo pasamos cerca de una hora, y la verdad es que ya estábamos bastante cansados. Así, decidimos volver a la Plaza Mayor, y desde ahí ver algunas de las cosas que quedaban siempre en dirección a donde habíamos dejado el coche (en la parte baja de la ciudad, aunque también se puede dejar arriba del todo). Con estas intenciones llegamos a la Plaza de la Merced, un lugar cargado de atractivos. Por un lado, está el Museo de las Ciencias de Castilla – La Mancha, el cual teníamos intención de ver… pero nos quedamos con las ganas, porque estaba en obras. Por otro lado, también está el Seminario de San Julián e Iglesia de la Merced, por lo que aunque no pudimos ver el museo no estuvo de más venir hacia acá.

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Desde dicha plaza fuimos a ver la Torre de Mangana, una torre con reloj que data del siglo XV (más bien en origen, porque la actual es del XVI). Esta zona es la que en tiempos fue la judería de la ciudad, aunque hay muy poquitos restos en relación con otras juderías de España. Desde ahí seguimos bajando, hasta llegar a la Iglesia de San Andrés, el último gran edificio que visitamos en Cuenca. Había más cosas en los alrededores, pero los pies ya habían dicho basta.

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Cuenca 38Fue así como llegamos a la Calle de los Tintes, donde habíamos dejado el coche bastantes horas atrás. Desde aquí hay una bonita panorámica de Cuenca, pero no esa medieval de la que llevábamos todo el día disfrutando, sino una más de comienzos del siglo XX. ¿Cómo íbamos a imaginar en ese momento que el verano siguiente lo pasaríamos allí?

En cualquier caso, lo que en origen era una visita de trabajo se acabó convirtiendo en un viaje de placer en el que descubrimos una de las ciudades más bonitas de la Península Ibérica.

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