Casablanca y Rabat ’10 – Capítulo IV: Casablanca y vuelta a casa (día 3)

Por primera vez, y sin que sirva de excepción, el último día de un viaje no empezó con la morriña por tener que volver a casa… ¡Empezó con mucho sueño! Apenas eran las seis de la mañana cuando sonaron las alarmas de nuestros móviles, pues si queríamos aprovechar bien el día antes de ir al aeropuerto había que madrugar.

Casablanca y Rabat 118En media hora recogimos nuestras cosas, hicimos el check-out en el Hotel Balima y fuimos a una estación que pese a la hora ya empezaba a tener gente. Como ya dijimos en el primer capítulo, hay muchas opciones para ir de Rabat a Casablanca y viceversa. En este caso, como queríamos ir a la Mezquita Hassan II, variamos el itinerario respecto a la ida.

Y es que esta vez fuimos sin hacer ningún transbordo desde Rabat Ville hasta Casa Port, la estación de Casablanca más cerquita a la enorme mezquita que íbamos a visitar. En la estación aprovechamos para desayunar lo que habíamos comprado el día anterior, y pese a que el tren llegó con unos minutos de retraso era poco más de las ocho cuando llegamos al principio y al final de nuestro viaje: la ciudad de Casablanca.

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Al salir de Casa Port se puede coger un taxi o ir andando. En cuanto a los taxis, lo de siempre: exigid que os pongan el taxímetro y os ahorraréis muchos dírhams. En este caso nosotros, pese a ir con las mochilas a cuestas, decidimos ir andando ya que aún era muy pronto y pensamos que recorrer los dos kilómetros y medio que nos separaban de la mezquita seguramente nos permitirían ver alguna cosa interesante.

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Básicamente hay que seguir por el Boulevard des Almohades y por el Boulevard Sidi Mohammed ben Abdallah (no tiene pérdida, es la misma calle que cambia de nombre a mitad). Como en todo el viaje, la decisión tomada fue un éxito, pues aunque acabamos un poco cansados por llevar las mochilas pudimos ver una pequeña mezquita, la sqala (hoy convertida en un restaurante) y el Rick’s Cafe, el salón de té de la película Casablanca. Justo vimos el film antes del viaje, y como nos gustó mucho teníamos ganas de ver el local… o mejor dicho su réplica.

La película de Casablanca se rodó casi en su totalidad en unos estudios de Los Ángeles, pero el desconocimiento de mucha gente hacía que los turistas fuesen preguntando por el popular Rick’s Café. Según leímos en un foro, a una empresaria estadounidense se le encendió la bombillita y… ¡Bingo! Aquí tenemos una réplica exacta del local. No pudimos entrar porque por la hora estaba cerrado, aunque tiene unos precios bastante elevados.

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Casablanca y Rabat 126Una de las cosas que más nos sorprendieron de Casablanca es que junto a zonas “nobles” como las que os acabamos de mostrar conviven partes especialmente degradadas de la medina, algo que no apreciamos demasiado en Rabat. Es una pena, y la dualidad se acentúa aún más según se avanza a la zona de la Mezquita Hassan II.

Casablanca y Rabat 127Como nuestro avión salía a las 14:10, este último día del viaje tenía un único protagonista: la Mezquita Hassan II. ¿Qué decir en unas pocas líneas? Se trata de la tercera mezquita más grande de todo el mundo, mientras que los 200 metros de alto de su minarete hacen que éste sea el más alto del planeta. Desde él, por la noche, se proyecta con láser unas luces en dirección a La Meca visibles a 30 kilómetros.

Por seguir con los datos, ocupa nueve hectáreas, y en su construcción (dirigida por el arquitecto galo Michel Pinseau) participaron más de 35.000 artesanos marroquíes trabajando los mejores materiales traídos de todo el mundo. El proceso para erigir este impresionante edificio duró ocho años, de 1985 a 1993, y se hizo con la idea dotar a la ciudad que concentra el poder económico marroquí de un templo de su altura.

Casablanca y Rabat 128Una vez hemos hecho las precisiones técnicas, hay una retahíla de datos sobre la visita que es bueno saber. La Hassan II es de las pocas mezquitas en el mundo que los turistas occidentales podemos visitar, aunque de manera restringida: únicamente con visitas guiadas a las 9:00, a las 10:00, a las 11:00  y a las 14:00, todos los días excepto los viernes que requieren reserva previa. Huelga decir que hay que llevar un atuendo apropiado (simplemente los brazos tapados y las chicas nada de escotes). También es recomendable llevar calcetines, pues hay que descalzarse.

En cuanto a los precios, es un auténtico abuso: 120 dírhams por persona. Existe entrada reducida para estudiantes, a 60 dírhams, pero sólo para los que tengan la tarjeta internacional (vamos, que la tarjeta de la Universidad Autónoma de Madrid nos la tiraron a la cara). Lo bueno es que la visita es larga (dura una hora más o menos), se recorre la mezquita de arriba a abajo y se hace en español. Al llegar a la hora de la visita (en nuestro caso las 9:00) todo el mundo pasa, paga religiosamente y se hacen grupos en función del idioma: nosotros nos pusimos junto con otras quince personas de habla hispana, una pequeñez en comparación con los casi cien ingleses.

¡Uf! ¡Qué de datos! ¡Volvamos al relato! Nosotros llegamos como a las 8:45, y lo primero que hicimos fue buscar el punto de encuentro para iniciar la visita. Como teníamos un cuarto de hora estuvimos curioseando por los alrededores y haciendo fotos, hasta que salieron unos trabajadores que nos invitaron a pasar a las más de doscientas personas que estábamos por los alrededores. Pagamos, nos pusieron en el grupo de los españoles y en seguida llegó nuestro simpático guía.

Empezamos la visita por la zona de los hammams, que normalmente es el final del recorrido pero a veces algunos grupos, para que no haya atasco, comienzan por aquí. Aunque no es frecuente que esté dentro de la propia mezquita, en ésta hay dependencias para el baño más a modo didáctico que otra cosa. Hay de dos tipos: baño marroquí y baño turco. ¿Cual es la diferencia entre ambos? Pues que el turco cuenta con una enorme piscina, mientras que en el marroquí la gente que acude al baño se sienta en el suelo con su propio cubo de agua.

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Sin embargo, la auténtica estrella de la mezquita es su colosal sala de oraciones. Mide dos hectáreas (200 metros de largo por 100 de ancho) y tiene capacidad para 25.000 fieles. Antes de hablar de cuestiones artísticas hay que mencionar que el edificio cuenta con las últimas innovaciones tecnológicas: el techo se abre para ventilar y regular la temperatura, hay decenas de altavoces camuflados en los capiteles para hacer llegar la palabra del imán, a la galería femenina se sube por escaleras mecánicas… Vamos, que no han escatimado en gastos.

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Sin embargo, todos esos datos no pasan de anécdota en comparación con la belleza del edificio. Recorriendo el lugar nos sentimos pequeñitos, casi insignificantes, al ver el virtuosismo que puede alcanzar el ser humano cuando se lo propone. Desde los capiteles ornamentados a más no poder hasta el suelo de mármol creado inspirándose en los diseños de las alfombras árabes. También destacan los artesonados de las galerías femeninas, ubicadas en un piso superior para que no haya mezcla con los hombres durante la oración. Allá donde se mirase había belleza y riqueza (algo que, por otro lado, nos hizo acordarnos de la miseria que habíamos visto sólo unos minutos antes por la calle).

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Las explicaciones del guía fueron bastante interesantes. Así, nos enseñó que la parte central de la sala de oraciones es un pasillo reservado únicamente para el rey de Marruecos. También nos mostró una columna con el árbol genealógico del monarca escrito en oro y unas preciosas sillas de madera en las que se imparten clases de teología en la propia mezquita. Cada detalle fue explicado con precisión, e incluso nos dio pesos y medidas de las decenas de lámparas que iluminan el recinto. Aunque pueda parecer que nos hicieron una ruta panegírica también hubo tiempo para algunas críticas, pues nos habló de los muchísimos millones de dírhams que costó levantarlo (el equivalente a más de 500 millones de euros) y de que algunos problemas de diseño permiten que entren palomas, con el consecuente deterioro que eso supone. “Olvidó” hablar de las decenas de casas que derrumbaron sin dar ninguna indemnización a sus dueños, pero tampoco nos sorprendió demasiado.

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Además de los dos hammams y de la sala de oraciones la visita también permite recorrer la impresionante sala de abluciones, en el piso inferior. Para el que no lo sepa, una ablución es el lavado ritual que diferentes religiones realizan en determinados momentos. En el caso del Islam, los fieles deben purificarse antes de la oración, lo que hace que generalmente a la entrada de las mezquitas haya fuentes destinadas a tal fin. En el caso de la Mezquita Hassan II, como cabría esperar, hay una sala de abluciones descomunal y tremendamente bella.

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Casablanca y Rabat 144Hay decenas de fuentes con forma de flor. Nuestro simpático guía nos explicó en qué consiste la ablución y que partes del cuerpo tienen especial simbolismo. Sin embargo, también nos indicó que este es un proceso más simbólico que real, y que en la práctica se humedecen un pelín y ya (incluso el Islam contempla como válidas las abluciones en seco).

Casablanca y Rabat 145Con la sala de abluciones terminó, tras más o menos una hora, la visita guiada. Allí nos despedimos del guía, de alguna persona con la que hicimos el recorrido (mención especial merece una estirada uruguaya que se enfadó porque al decirnos su procedencia Edu le habló de Diego Forlán) y aprovechamos para hacer pipí.

Por cierto, hay que decir que después del atraco de los 120 dírhams por persona que costó entrar todavía querían sacarnos un poco más, y tras usar el baño hubo un señor que se puso a nuestro lado agitando unas monedas, exigiendo propina. Si la entrada hubiera sido con un precio normal quizá le hubiésemos dado algo, pero como sentíamos que nos habían apuñalado la cartera nos fuimos pese a su enfado.

Casablanca y Rabat 146Al salir… ¡Que preciosidad! Las nubes se habían disipado por completo y la Mezquita Hassan II lucía mejor que nunca, como si quisiera poner el broche de oro a un maravilloso viaje. Como aún eran poco más de las diez estuvimos casi media hora curioseando por los alrededores y haciendo fotos a cada detalle: puertas, fuentes, arcos…

Tenemos decenas y decenas de fotos, tanto de las que hicimos antes de entrar como de las de ahora. En cualquier caso, este es un edificio al que nos hubiera gustado dedicar más tiempo. Es enorme, inabarcable para una sóla mañana, y cuando algún día volvamos a Casablanca aprovecharemos para investigar hasta el último palmo de una construcción que nos había dejado asombrados. Hubo que madrugar, las entradas eran carísimas y encima era una visita guiada, pero aun así es un lugar que todo el mundo debería visitar al menos una vez en la vida.

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Casablanca y Rabat 151Ahora que se habían retirado las nubes quedó una preciosa panorámica de la línea de costa de Casablanca. Viendo su skyline se hace evidente que es una ciudad moderna, orientada más hacia el capitalismo del siglo XXI que a las preciosas medinas del siglo XIV. Sin embargo, quedan bonitas muestras del pasado como una pequeña mezquita, un faro o un paseo marítimo que da acceso a las rocas.

Por último, al margen de hacer fotos sobre los detalles arquitectónicos del edificio decidimos inmortalizar que habíamos estado en la Mezquita Hassan II. Ya lo hemos dicho muchas veces, hay lugares que todo el mundo debería visitar al menos alguna vez. Este es uno de ellos, y desde luego ponemos su foto junto a la de la Torre Eiffel o a la del Castillo de Bran. Estábamos especialmente contentos, pues el viaje había salido a pedir de boca y habíamos aprovechado el tiempo al máximo.

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Casablanca y Rabat 154Por último, quedaba volver al aeropuerto. La mejor opción era ir a la estación Casa Voyageurs, para lo cual hay que tomar un taxi. Primero se nos ofreció un conductor la mar de sonriente, que dijo que era precio pactado (50 dírhams). Evidentemente nos negamos, y en seguida vino otro que puso el taxímetro. Así, el trayecto costó 16 dírhams, menos de un tercio de lo que nos pedía el primero.

En Casa Voyageurs compramos los billetes (40 dírhams por persona). Esta estación es la mejor para ir al aeropuerto, pues está cerca de la mezquita y cada hora a y siete (10:07, 11:07, 12:07…) sale un tren que llega en algo más de media hora. Eso sí, hay que ir con mucha antelación. Nosotros volábamos a las 14:10, por lo que queríamos estar dos horas antes y por eso cogimos el tren de las 11:07. Al llegar hay que pasar dos tediosos controles: uno en la propia estación de tren del aeropuerto que ocasiona colas de veinte minutos y otro para pasar a la zona de embarque.

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Antes de eso, y aprovechando que habíamos llegado pronto, comimos unos bocadillos en el aeropuerto. Los vuelos internacionales están en la terminal 2, donde también hay tiendas de picoteo bastante caras. Se nos ocurrió ir a la terminal 1, de vuelos internos y… ¡Voilá! Mucho más barato. Por 80 dírhams compramos dos buenos bocadillos de salchichas y unas patatas fritas. Mientras nos los comíamos, en la sala de espera, estuvimos charlando con un hombre que nos contó que estaba estudiando un doctorado de derecho en Egipto, aunque había nacido en el Sáhara.

El viaje salió a las mil maravillas, aunque el final no estuvo exento de tensión. Se nos olvidó cambiar los dírhams que nos habían sobrado y tuvimos que salir de la zona de embarque, y luego EasyJet montó un auténtico follón: programó en la misma puerta de embarque, a la misma hora, dos vuelos distintos. Para colmo, el nuestro lo cambió de repente a otra puerta, con los consecuentes enfados y carreras de la gente. ¿Resultado? Una hora de retraso, la gente mosqueada y nosotros con mala impresión de la compañía, pues a la ida también hubo problemas.

Eso sí, nuestra escapada a Casablanca y Rabat había sido un éxito y nada nos podía quitar la sonrisa de la cara. Nuestros principales objetivos eran romper con la rutina y exprimir cada segundo, cosas que hicimos con creces. ¡Gracias una vez más, Marruecos!

Capítulo IIIVolver a Casablanca y Rabat ’10

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