Casablanca y Rabat ’10 – Capítulo III: Rabat a fondo (día 2)

El sábado era el plato fuerte de la escapada, pues en él pretendíamos explorar Rabat de principio a fin. Para eso había que cumplir dos condiciones: madrugar para aprovechar bien el día y coger fuerzas con un buen desayuno. Ambas se cumplieron, pues a las ocho en punto ya estábamos en la calle con los estómagos bien llenos gracias al copioso desayuno que nos sirvieron en el Hotel Balima. Lo primero que hicimos al salir del hotel fue comprobar la cara tan diferente que ofrecía la Avenida Mohammed V por la mañana, pues aunque ya había gente no presentaba el bullicio de la noche. Las palmeras y la humedad nos recordaron que estábamos en una ciudad costera, algo que particularmente nos encanta.

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Dado que no contábamos con mucho tiempo habíamos estudiado al milímetro el trazado urbano de Rabat, planeando un recorrido dividido en dos partes más o menos lógicas: la primera, con todos los puntos de interés dispersos al sur del boulevard Hassan II; y la segunda, explorando la medina, la kasbah de los Oudayas y la playa. No teníamos todas con nosotros de que nos fuese a dar tiempo, pero por falta de ganas no iba a quedar.

Casablanca y Rabat 26Como queríamos exprimir cada instante decidimos elegir el taxi como medio para llegar a algunos enclaves turísticos. Para moverse por el núcleo urbano se usan los petit taxi, en los cuales hay que pedir que pongan el taxímetro: si no lo hacen bajad del vehículo sin dudarlo un instante. Los grand taxi son para trayectos largos y el precio es pactado.

Lo dicho, los petit taxi son una opción interesante incluso para presupuestos ajustados como el nuestro. El primero que tomamos nos llevó desde la puerta de nuestro hotel hasta la Torre Hassan y el Mausoleo de Mohammed V, y sólo nos costó 6 dírhams. Por cierto, la conducción en Rabat es mucho menos frenética que en Marrakech, aunque a pesar de eso sigue siendo más divertida e inquietante que la de España.

Casablanca y Rabat 27En unos pocos minutos ya estábamos visitando la Torre Hassan. Entrar a este bosque de columnas presidido por los restos de un gran alminar es totalmente gratis, y al llegar tan pronto hicimos la visita en completa soledad (lo cual la hizo más atractiva si cabe). El lugar en realidad es el conjunto de restos de la Mezquita Hassan, un templo proyectado a fines del siglo XII por Yaqub al-Mansur (Yusuf II) como parte de su programa iconográfico para convertir Rabat en la capital de su imperio, pues la construcción no tenía parangón en la época en cuanto a tamaño se refiere.

El sueño del dirigente almohade nunca se cumplió, pues tras su muerte en 1199 las obras de la gran mezquita se detuvieron y lo construido cayó en un desaforado abandono. Por si esto fuera poco, tanto el alminar como el resto del conjunto sufrieron serios daños en el terremoto de 1755 (el mismo que asoló Lisboa). Total, que lo que hoy se visita son los interesantes vestigios de lo que iba a ser una gran mezquita, en los cuales es fácil reconocer partes concretas de este tipo de templos, como la sala de oraciones o el patio.

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Dar un paseo por el lugar, con tan poca gente y con tanto silencio, es una actividad más que recomendable. Además, al estar en una zona relativamente elevada de la ciudad tiene unas buenas vistas tanto del wadi Bou Regreg (río Bu Regreg) como del propio océano Atlántico. Precisamente la cercanía al mar, tanto aquí como en el resto de Rabat, garantiza una abundante presencia de gaviotas casi en cada rincón.

Casablanca y Rabat 31A pesar de ser una obra inacabada la Torre Hassan tiene 16 metros de ancho y 44 de alto. Además, es un lugar muy importante para el actual Estado marroquí, pues en él el monarca Mohamed V presidió las oraciones del viernes tras la independencia en 1956. Por cierto, al ser tan temprano fue difícil encontrar a alguien que nos hiciese una foto.

Al ladito de la Torre Hassan, aunque se accede por fuera del recinto, está el Mausoleo de Mohammed V. Se trata de un monumento erigido en memoria del artífice de la independencia de Marruecos, en el cual no sólo se le rinde tributo sino que también alberga sus restos mortales. Aquí también es gratis entrar, y es especialmente recomendable venir pronto: a mitad de nuestra visita empezaron a llegar hordas de turistas en viajes organizados gracias a los cuales era imposible hacer una foto en condiciones, por no hablar del bullicio que generan estos grupos.

Casablanca y Rabat 32El edificio como tal es una pasada: realizado por el arquitecto vietnamita Vo Toan con el trabajo de más de 400 artesanos marroquíes, cada palmo del mausoleo está cargado de detalles de extrema belleza. Que esté realizado casi en su totalidad con mármol de Carrara sólo es una muestra de que se han empleado materiales de la más alta factura.

Además, aunque el exterior es precioso lo realmente impresionante está en el interior. Sobretodo nos llamó la atención el artesonado, así como la cúpula con mocárabes de caoba pintada. La iluminación es todo un acierto para hacerlo todo aún más espectacular, junto a la cual hay que destacar las vidrieras fabricadas en Francia. Evidentemente, la estrella del conjunto es el sarcófago de Mohammed V, una única pieza de mármol que está orientada hacia La Meca. Un lugar especialmente solemne en el cual hay que tener una actitud respetuosa a más no poder.

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Casablanca y Rabat 36La advertencia parece obvia, pero es que el Mausoleo de Mohammed V está custodiado por varios efectivos de la Guardia Real marroquí. En contra de lo que cabría pensar son unos señores muy simpáticos que se prestan a hacerse fotos con los guiris como nosotros sin poner ninguna pega… quizá porque éramos los primeros del día.

Con eso pusimos fin a la visita de uno de los enclaves más representativos de Rabat. Ahora que ya le habíamos hincado el diente a la ciudad teníamos ganas de seguir explorando, por lo que cogimos un nuevo petit taxi que por 14 dírhams nos dejó en nuestro siguiente objetivo: la Necrópolis de Chellah (o de Chella).

Casablanca y Rabat 37Lo primero que llama la atención al llegar es la impresionante puerta de acceso. Las puertas, al margen de la función defensiva, siempre tienen la finalidad de representar la dignidad del edificio, son una forma de manifestar un status que en este caso el perfecto arco de herradura y las dos torres semioctogonales presentan a las mil maravillas.

Casablanca y Rabat 38La entrada cuesta 10 dírhams por persona, pero sin duda merece la pena. Tras la impresionante puerta se esconden un sinfín de atractivos: la necrópolis de los benimerines, los vestigios arqueológicos de una ciudad romana, un pequeño jardín… No tiene desperdicio. Eso sí, se echa en falta que den un folleto o un plano, ya que es un recinto muy amplio.

La visita a Chellah es similar a la de otros conjuntos arqueológicos como Medina Azahara o la Alhambra: puede prolongarse tanto como te gusten la Historia, la Arqueología y el Arte. Siempre hay un mínimo, que en este caso está en una hora, aunque nosotros estuvimos bastante más. Nada más entrar hay que bajar por un camino entre árboles que de repente se abre y deja paso a un recinto muy grande, en el cual como ya hemos dicho se echa en falta tener un plano. Nosotros lo que hicimos fue hacerle una foto al panel informativo que hay en la entrada, y con la cámara nos fuimos orientando para hacer una visita sin dar demasiadas vueltas.

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Empezamos con las construcciones más al sur del conjunto. Entre ellas, la más destacada es le bassin aux anguilles o el estanque de anguilas, unos vestigios que en origen eran una sala de abluciones. El nombre le viene de una de las muchas leyendas que rodean a esta parte de Chellah, las cuales no parecían inquietar demasiado a un hombre que había durmiendo justo al lado. Tenía toda la pinta de ser una especie de vagabundo que se ha establecido en la necrópolis, algo raro a priori pero que dejó de sorprendernos cuando vimos a dos o tres personas más con esa apariencia.

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La parte “fuerte” de la visita es la necrópolis benimerí o meriní, establecida en el siglo XIII en lo que entonces eran las ruinas de una antigua ciudad romana a las afueras de la esplendorosa Rabat. Se creó con el objetivo de servir de lugar de enterramiento para los miembros de la dinastía, contando con una mezquita y distintos mausoleos, pero con la caída de los benimerines y el paso del tiempo el lugar dejó de ser exclusivo para la realeza, y las personas notables de Rabat también se empezaron a enterrar allí. Además, entre que vivió varios siglos de abandono y que el terremoto de 1755 hizo estragos está en la más absoluta de las ruinas.

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El estado de conservación de la necrópolis es simple y llanamente penoso. Las hierbas crecen por doquier, hay animales que campan a sus anchas y algunos muros están a punto de derruirse. Si no hubiese fondos o personal sería comprensible, pero en nuestra visita vimos a diez trabajadores (casi todos sentados a la sombra) y para colmo el lugar es la imagen de uno de los billetes de dírhams, por lo que no tiene explicación que uno de los símbolos del país esté prácticamente abandonado. Da mucha pena, pues a pesar de eso sigue siendo un conjunto precioso y una visita imprescindible si se está en la capital de Marruecos.

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Casablanca y Rabat 52Recorrer la necrópolis es como introducirse en un pequeño laberinto, pues hay muchas estancias y no se sabe muy bien por dónde hay que ir. Sin embargo, de un modo o de otro acabamos llegando al pequeño Jardin des Tours, una suerte de corredor verde que pone la nota discordante al abanico de ocres tan característico de Chellah. Aquí se estaba especialmente a gusto, con un microclima muy agradable gracias a la abundante vegetación. En él, sin dar un palo al agua, estaban los trabajadores del conjunto, que en vez de estar conservando su patrimonio estaban haciendo el vago.

Casablanca y Rabat 53Al final del jardín, aunque no es visitable su interior (al menos nosotros nos encontramos las puertas cerradas) está el hammam benimerí. A estas alturas, que ya hemos visitado hammams de todo tipo (Jaén, Córdoba, Granada), nos hubiera gustado mucho poder entrar en él, aunque sólo con ver su estructura se percibían sus distintas estancias.

Por último, estuvimos recorriendo otro de los puntos fuertes del enclave arqueológico: los restos de Sala Colonia, una antigua y esplendorosa ciudad romana. Por cuestiones obvias, y a pesar de su importancia, está mucho menos publicitada que la parte de corte islámico, lo cual no le quita ni un ápice de interés. Conserva distintos elementos arquetípicos de una ciudad romana, como el decumanus maximus, un foro o un arco de triunfo. También son destacables un ninfeo y una basílica, además de un gran número de esculturas e inscripciones apilados por el yacimiento sin ningún criterio. Mención aparte merece el barrio de los artesanos, en el que se pueden ver sus casas con espacios delimitados para la vivienda y para el trabajo.

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Casablanca y Rabat 57El punto y final a la visita de la Necrópolis de Chellah lo puso la particular ciudad de cigüeñas que veis en la imagen. Hasta el momento habíamos visto algunos nidos, pero cuando ya estábamos de vuelta a la entrada (salida en este caso) nos dimos cuenta de que prácticamente cada árbol estaba coronado por una de estas casas hechas con palitos.

Casablanca y Rabat 58Después de Chellah queríamos visitar el Palacio Real, para lo cual habíamos planeado tomar otro taxi. Sin embargo, sobre el terreno las distancias no nos parecieron tan grandes como en el mapa (la Bab Zaer, que da acceso a la ciudad, estaba a unos trescientos metros), por lo que nos ahorramos unos pocos dírhams y fuimos a pie.

Casablanca y Rabat 59La decisión fue todo un acierto, pues no nos llevó más de cinco minutos llegar. No tiene pérdida, pues una vez se cruza la Bab Zaer sólo hay que seguir la Avenue Yacoub al-Mansour. El Palacio Real está señalizado, pero por una entrada sólo para vehículos. Los que vayan a pie tienen que seguir hasta la siguiente puerta (esta sin ningún tipo de cartel).

Lo único que se nos ocurre es que hacen esto para que el trayecto en taxi sea rentable para el conductor desde Chellah hasta allí, pues es una entrada menos directa. En cualquier caso, una advertencia importante: ¡llevad el pasaporte encima! Únicamente le echan un vistazo unos guardias a la entrada, pero sin él no se puede visitar y sería una pena quedarse a las puertas por ese formalismo. Es un poco extraño, y de hecho al irnos nos topamos con unos españoles a los que se lo acababan de pedir y nos preguntaron inquietos si a nosotros también. Estuvimos un rato hablando, y en su frase de despedida les salió el carácter español a más no poder: “y recordad, aunque estemos aquí los guiris son ellos”. Ahí queda eso.

El caso es que las primeras sensaciones al visitar el Palacio Real (Dar el Makhzen) son un poco frías, pues primero se atraviesa una zona destinada a albergar ministerios y casas de funcionarios. Vamos, que nos sentíamos como dando un paseo por Nuevos Ministerios en Madrid. Sin embargo, pronto se abrió paso una gran explanada en la que nos topamos con la gran Mezquita Al Faeh, desde la cual el rey y su corte dirigen la oración de los viernes.

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Hay que decir que el Palacio Real como tal no se visita, o al menos no el día en que fuimos nosotros (en algunas guías habíamos leído que a veces se hacen visitas guiadas, pero los guardias de la puerta dijeron que no). Aun así, merece la pena acercarse hasta su puerta monumental, ver pasar los distintos destacamentos militares que la custodian y darse una vuelta por los jardines que rodean al palacio. No es Aranjuez o Versalles, evidentemente, pero pese a todo nos sigue pareciendo una visita muy recomendable.

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Al salir, como ya os hemos contado, nos topamos con unos españoles con los que estuvimos hablando un rato. Tras una conversación llena de bromas seguimos subiendo por la Av. Yacoub el-Mansour para ir a parar a la Mezquita es-Sunna (también llamada de as-Sunna o de al-Sunna en función de la transliteración). Como otros edificios de la ciudad debe su origen a Sidi Mohamed Ben Abdellah, uno de los principales responsables del estado actual de Rabat. Enfrente de la mezquita está el edificio que alberga el Palacio de Justicia (Palais de Justice) y el Tribunal Administrativo. En realidad toda esta zona concentra la mayoría de los organismos oficiales de la capital marroquí.

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Los dos edificios anteriores en realidad eran objetivos secundarios, pues si habíamos tomado esta dirección era para llegar al Museo Arqueológico de Rabat (Musée Archéologique). Siendo historiadores para nosotros se trataba de una visita obligada, aunque después de haberlo recorrido a fondo consideramos que tampoco es imprescindible para alguien al que no le guste mucho la Historia. La entrada cuesta 20 dírhams por persona (sin derecho a sacar fotos), y al margen de las exposiciones temporales la colección es muy limitada. Casi en su totalidad proviene de los yacimientos de Volubilis, Mogador y Chellah, estando estructurada siguiendo los cánones de la musealización más clásica: piezas aglutinadas en vitrinas sin apenas explicaciones y sin un discurso global. Vamos, un aprobado raspadillo y eso que a nosotros nos vuelven locos estos temas.

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La visita fue relativamente corta, más que nada porque nos solemos enrollar mucho en este tipo de sitios y aquí pasamos sin pena ni gloria. Con las mismas seguimos nuestro camino, que esta vez nos llevaría a la ville nouvelle o zona francesa que ya habíamos visitado la noche anterior. Estuvimos buscando el Musée de la Poste, pero no lo encontramos. De todos modos, tampoco nos interesaba demasiado y tras dar una vuelta por la zona, preguntar a un par de personas y no obtener ningún fruto decidimos desistir. Por cierto, ponemos aquí una recopilación de fotos del barrio de día, para que se puedan comparar con las del capítulo anterior.

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Llegados a este punto le tocó entrar en acción a la medina, pues hicimos la primera incursión por sus estrechas callejuelas. En realidad no fue más que una primera toma de contacto como anticipo de lo que vendría a la tarde, ya que lo que queríamos era ir al norte de la ciudad para ver la kasbah de los Oudayas. Sin embargo, pudimos ver el minarete de la Gran Mezquita de Rabat y pasar por algunas calles significativas como la Rue des Consuls y su particular techado. Eso por no hablar del riquísimo abanico de olores, colores y sonidos que siempre regala un paseo por los zocos.

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Sin saber cómo, y habiendo experimentado durante unos minutos las sensaciones de “nos hemos perdido” y “debimos coger un taxi en lugar de atravesar la medina sin conocerla” llegamos a nuestro destino: la Kasbah de los Oudayas (o kasba de los Udaya). Es un pequeño mundo aparte dentro de Rabat, un lugar peculiar que merece una pequeña explicación.

Casablanca y Rabat 77Tipológicamente es un pequeño recinto amurallado en lo alto de un promontorio, como una ciudad a pequeña escala con mezquita, riads, cafés… Al estar en altura tiene unas vistas privilegiadas de la ciudad de Rabat, pero su cercanía al mar también le confiere un interesante papel como mirador tanto al Océano Atlántico como a la ciudad de Salé.

Aunque su nombre viene por los oudaïa, una tribu árabe de guerreros que estableció en Rabat Mulay o Moulay Ismail en el siglo XVII, la kasbah es probablemente la primera construcción musulmana de la ciudad, pues sus edificios más antiguos datan del siglo XII. En la actualidad es probablemente el sitio más romántico, interesante y auténtico de la capital marroquí.

El acceso a la kasbah es quizá el punto más conflictivo de la ciudad, pues está lleno de guías y “amigos” que se ofrecerán a hacerte un tour por el lugar a cambio de unos dírhams. No merece la pena, ya que es un sitio pequeñito que debería ser descubierto poco a poco, con mimo, por cada viajero. Se puede entrar por la Gran Puerta de los Oudaia, subiendo una cuesta, aunque un poco antes está la Pequeña Puerta que es por donde entramos nosotros.

Esta da acceso, aunque no de manera inmediata, al Museo de los Oudaia o Le Musée des Oudayas (hay que pasar por el jardín andaluz, del que luego hablaremos, girando a la derecha nada más entrar). Ubicado en el palacio de Moulay Ismail, del que ya hemos hablado antes, esta institución nacida en el siglo XX ofrece una interesante muestra de las joyas y los abalorios con las que tanto las clases populares como las dirigentes se han adornado desde tiempos inmemoriales.

Está únicamente centrado en las joyas, desde su significado hasta su elaboración, y de hecho en la puerta, junto al letrero que pone Musée des Oudayas, está escrito Le Musée National des Bijoux, cosa que no habíamos leído en ninguna guía preparando el viaje. En cualquier caso, como la entrada sólo es 10 dírhams por persona y como nos encantan los museos pasamos a verlo. Es pequeñito pero muy interesante, y además tiene todos los paneles en español.

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Casablanca y Rabat 80Lo dicho, el Museo de los Oudaia está enmarcado en el jardín andaluz. Es una pequeña zona verde de estilo morisco que se construyó a comienzos del siglo XX, la cual supone un remanso de paz y un lugar en el que hacer un alto en el camino para relajarse entre los naranjos y jazmines que lo componen. Es muy chiquitito, pero siempre está  lleno de gente.

Desde el propio jardín hay un acceso al Café Maure o Café Moro, un salón de té de parada obligada tanto para turistas como para habitantes de la ciudad. Estábamos ya cansados y queríamos comentar todo lo que habíamos visto, por lo que nos hicimos hueco en una de las mesas de lo que es una auténtica institución en Rabat, tanto por su belleza como por sus vistas o por la calidad de sus productos. Pedimos un par de tés a la menta, y cuando estábamos charlando tranquilamente apareció un camarero con una impresionante bandeja de dulces marroquíes, los cuales nos encantan. Cogimos uno cada uno, y en total nos gastamos 34 dírhams (20 por los tés y 14 por los dulces). Un buen “aperitivo” a un mejor precio.

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El lugar merece la pena no sólo por lo que se toma, sino por su ambiente (siempre lleno de gente de lo más variopinta), por la agradable brisa que trae el mar o por las preciosas vistas de la medina de Salé. El café, que abre todo el día pero cierra al anochecer, está en una especie de balcón sobre el Bou Regreg. Curioseando un poco nos asomamos y vimos que justo debajo de nosotros había un dos barquitas blancas, que a pesar de no estar en muy buen estado nos trajeron buenos recuerdos del puerto de Essaouira. Un consejo que os damos de corazón: la parada en el Café Moure fue una de las cosas que más nos gustaron del viaje. La recomendamos al 100%, incluso para viajes con el tiempo tan limitado como el nuestro.

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De hecho, el Café Maure no sólo está bien ubicado, sino que además es un atajo por el que salir a la rue Bazzo y seguir explorando la kasbah de los Oudayas. De esta manera comenzamos a disfrutar de la imagen más característica del recinto: la que ofrecen sus pequeñas y sinuosas calles con todos los edificios pintados de azul y blanco. Su aspecto responde a que aquí se instalaron muchos moriscos tras su expulsión de España en 1609, los cuales trajeron esta decoración pensada para atenuar en lo posible el sofocante calor de los meses veraniegos. Es una delicia pasear por aquí sin ningún tipo de rumbo, pues cada calle es distinta y en todas ellas hay un pequeño rincón cargado de romanticismo: unas escaleritas, unas macetas con flores, un balcón…

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Casablanca y Rabat 90La principal arteria de la kasbah de los Oudayas, y a la cual se llega prácticamente sin querer, pues todas las calles acaban confluyendo en ella de un modo o de otro, es la rue Jamaa. También tiene los característicos tonos blancos y azules, pero a nosotros nos gustó menos por estar mucho más transitada (incluso con coches).

Casablanca y Rabat 91Sin embargo, es un lugar de paso necesario para seguir descubriendo esta ciudad en miniatura. A través de ella llegamos a la Torre de los Piratas. Más que llegar lo intentamos, pues este mirador que ya habíamos divisado desde el Café Maure estaba cerrado. Al principio supuso un jarro de agua fría, pero el disgusto se nos pasó en seguida.

Y es que si habíamos subido hasta la Torre de los Piratas era para obtener unas buenas vistas. Al estar cerrada retrocedimos un poco y, siguiendo nuestro plano, llegamos a la Plataforma del Antiguo Semáforo (también conocida como Antigua Plataforma de Señales Oudaya). Fue construida en el siglo XVIII con la intención de tener una panorámica del entorno que ayudase en la defensa de la ciudad y del estuario del Bou Regreg, por lo que es evidente que es un lugar privilegiado para disfrutar de las mejores vistas de Salé, de la desembocadura del río y del Océano Atlántico. También hay una perspectiva fabulosa de la playa, la cual hizo que se nos pusieran los dientes largos. A pesar de que no lo teníamos previsto, como íbamos tan bien de tiempo decidimos bajar desde aquí para dar una vuelta por la playa. Por cierto, aunque no lo hemos dicho en esta plataforma también hay un taller de alfombras, por si a alguien le interesa.

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Casablanca y Rabat 95Bajar desde la Plataforma del Antiguo Semáforo hasta la playa no tiene pérdida, pues el camino se ve en todo momento. Además, había varios surferos que estaban haciendo el camino con sus tablas para disfrutar del oleaje que se estaba levantando. Mientras bajábamos pasamos al lado de la Sqala, con sus característicos cañones y torres.

Al parecer, las playas más frecuentados por rabatíes y turistas para darse un chapuzón están en la parte sur de la ciudad. Por eso, la playa al norte de Rabat parece menos turística, y salvo para surferos (por las olas que vimos) no nos pareció muy buena: tanto la arena como el agua estaban bastante sucias. Eso sí, quizá sea una buena opción para tomar algo, ya que había bastantes bares y restaurantes (estuvimos investigando pero ninguno tenía precios a la vista). El caso es que el otoño se venía encima, y probablemente esta fuera la última oportunidad de estar en la playa durante unos cuantos meses. Por eso estuvimos dando un buen paseo, nos acercamos hasta casi tocar el agua y andamos hasta alejarnos bastante de la kasbah.

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Más que nada seguimos andando porque al fondo estábamos viendo un espigón con rompeolas que nos había llamado la atención. Los lugares en los que la fuerza del mar se manifiesta en todo su esplendor nos encantan, y así como cuando estuvimos en el País Vasco pasamos varias tardes viendo romper olas en Lekeitio aquí decidimos coger sitio y disfrutar del mar. No éramos los únicos que nos habíamos buscado una roca para sentarnos y ver romper olas, pues parece que la imagen, con el faro al fondo, también es un reclamo para los que viven en Rabat.

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Poco a poco las olas fueron ganando intensidad y a punto estuvimos de mojarnos, por lo que decidimos reemprender una ruta que esta vez nos llevaría en busca del Cementerio El-Alou, un enorme camposanto que también suele ser visitado por turistas. De camino vimos unas ruinas almorávides. Estos vestigios arqueológicos surgieron mientras intentaban construir un parking subterráneo, y aunque pararon el proyecto los restos han sido abandonados a suerte. Era difícil encontrar un yacimiento peor conservado que Chellah, pero este sin duda lo supera.

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Casablanca y Rabat 104Desde la carretera que bordea el cementerio, que a su vez sigue el trazado de la muralla almohade, conseguimos llegar por fin al que suele ser el inicio de las visitas a la kasbah, pero que en nuestro caso supuso el punto y final: la Gran Puerta de los Oudaia (o Bab Oudaia). La puerta fue erigida en el siglo XII por Yaqub al Mansur, y es un ejemplo sensacional de arquitectura militar almohade.

Esta gran construcción no siempre está abierta al público, pero a veces se celebran en ella exposiciones temporales y de paso aprovechan para mostrar su interior. Nosotros tuvimos suerte, pues había una exposición de pintura (de la cual sinceramente pasamos, pues lo que queríamos era explorar las dependencias del edificio). Pagamos 20 dírhams por cabeza y empezamos a recorrerla, cuando ante nuestro asombro el señor que nos había cobrado las entradas subió y nos empezó a explicar en qué consistían las distintas estancias que vimos: el lugar donde se ponían los cañones, la sala de tortura, la sala de decapitación… También nos hizo un resumen histórico de un lugar que fue clave en la defensa de la kasbah de las arremetidas de los piratas que vivían en Salé. Sus explicaciones estaban cargadas de emoción, y sin pedirnos nada a cambio hizo que nuestra visita fuera mucho más interesante.

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A estas alturas del relato seguro que alguien ha pensado: “¿Cuándo comen estos chicos?”. Entre que habíamos madrugado y que ya habíamos visto casi toda la ciudad eran las tres de la tarde, por lo que mientras nuestros estómagos rugían dejamos atrás la kasbah de los Oudayas y volvimos a la medina para buscar un sitio en el que comer. Callejeamos un poco y decidimos jugárnosla en un sitio lleno de musulmanes que ni siquiera tenía la carta en francés, sólo en árabe. El restaurante no tenía ni nombre, era como una casa en la que habían puesto mesas (de hecho, cocineras y camareros parecían familia entre sí). Mmmm… aún nos entra el hambre cada vez que vemos la foto de la comida.

Casablanca y Rabat 107Entrar aquí fue uno de los grandes aciertos del viaje. Aunque para pedir nos entendimos a duras penas, el personal fue muy majo y al final comimos dos bocadillos de carne de pollo y verduras (tipo shawarma o kebab) con patatas fritas por… ¡30 dírhams entre los dos! Comer por ese precio, y encima algo tan rico, nos levantó la moral.

Con el estómago lleno llegó el momento de meterle mano, ahora si que si, al corazón de la ciudad. La medina de Rabat nos gustó más que la de Marrakech en dos aspectos: que sus calles son más anchas y que los vendedores no te agobian tanto. Nos pasamos buena tarde de la tarde callejeando sin rumbo, ojeando los quehaceres cotidianos de los rabatíes y disfrutando de un abanico de olores, sonidos y colores tan ajeno a nuestra vida en Madrid que nos parecía estar en otro mundo.

Por supuesto, aprovechamos para hacer algunas compras. Desde antes del viaje teníamos intención de hacernos con un juego de vasos de té para nuestra casa. El regateo fue duro, pero al final Eri consiguió un pack de seis vasos grabados por 80 dírhams (para demostrarnos la dureza del cristal el vendedor, ante nuestro asombro, le dio tal golpe a un vaso contra el suelo que se dio la vuelta medio zoco). Además de eso compramos una chilaba, unos estuches y algunas cosas en un puesto de comida (dátiles, almendras y para hacer té a la menta) para regalar a la familia. Al final nos gastamos unos 200 dírhams (20€ aprox.), que quizá no parece demasiado pero que para nosotros fue un auténtico lujo, pues siempre llevamos un presupuesto de viaje ajustadísimo.

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Cuando nuestros pies empezaron a quejarse del cansancio, decidimos dejar la medina e ir a nuestro querido Hotel Balima. Así, aprovechamos para dejar las compras y darnos una larga ducha con la que relajarnos tras todo el día de aquí para allá. Decidimos dividir lo que quedaba de día en tres partes: gestiones, terminar de ver la zona francesa y cenar.

En cuanto a gestiones se refiere, fuimos a comprar los billetes de tren para ir al día siguiente a Casablanca. Como cogimos los primeros que había (a las 7:00) fuimos al Hotel a preguntar si se podía desayunar tan pronto, y como nos dijeron que no volvimos a la medina para comprar algo para la mañana. Al final, por 7 dírhams, nos hicimos con un litro de zumo de naranja y dos grandes sfenj (unos dulces parecidos a los churros pero redondeados).

En cuanto a terminar de ver la zona francesa de la ciudad, la noche anterior no nos había dado tiempo a acercarnos a la Cathédrale de Saint-Pierre (Catedral de San Pedro o, simplemente, Catedral de Rabat). De camino pasamos por un McDonalds que estaba llenísimo de gente. Volviendo a la catedral, el edificio fue construido entre 1919 y 1930, y es, junto a la iglesia de San Francisco de Asís, el único templo católico de Rabat. Por cierto, la zona estaba toda levantada con las obras del tranvía Rabat-Salé.

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Casablanca y Rabat 114También estuvimos dando una vuelta por la zona de detrás del hotel, donde vimos un restaurante donde estaban echando el partido del Real Madrid contra el Levante. También comprobamos que era una zona de diplomáticos, pues un edificio que se veía desde nuestra ventana resultó ser la embajada española en Rabat.

Cuando nos cansamos de investigar fuimos a nuestra querida Avenue Mohammed V y estuvimos más de una hora sentados en un banquito, hablando sobre el día que habíamos pasado y viendo pasar gente de todo tipo. Nuevamente queremos destacar el ambiente que hay en la capital marroquí, en el que lo europeo y lo autóctono convive y se entrelaza sin ningún problema.

A la hora de cenar decidimos volver a la medina, donde había mucho más barullo que el día anterior. Vimos de todo: desde un hombre que hacía palomitas hasta un puesto de caracoles, pasando por una calle dedicada íntegramente a la venta de productos informáticos. Al final, en la propia Mohammed V (aunque bien entrada en la medina) pasamos al Réstaurant de la Liberation, el único de todos los que vimos que ofrecía cous cous pese a no ser viernes. Total, que acabamos cenando unas brochetas de pollo con patatas y arroz (Edu) y un cous cous vegetal (Eri), con una botella de agua grande, por 53 dírhams en total. ¡Riquísimo!

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Casablanca y Rabat 117Aunque aún era pronto, decidimos hacer lo mismo que la noche anterior: ir a un puesto callejero en el que comprar una botella de agua grande (ni se os ocurra beber del grifo) y tomarnos un par de tés en la cafetería de nuestro hotel. Mientras disfrutábamos del aroma a menta tomamos las notas que luego hemos utilizado para escribir este capítulo.

Pues nada, eran las 11 de la noche y ya estábamos en la cama… ¡Pero con razón! El día había sido agotador, y para colmo a las 7 de la mañana teníamos que coger un tren. Rabat nos había encantado, a Edu incluso más que Marrakech, pero aún quedaba Casablanca para terminar de rematar este pequeño (pero intenso) fin de semana viajero.

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