Casablanca y Rabat ’10 – Capítulo II: De nuevo en Marruecos (día 1)

¡Qué ganas teníamos de este viaje! Seguramente sea el único fuera de España que podamos hacer en todo 2010, por lo que ni los retrasos en Barajas (el avión salió una hora larga más tarde de lo previsto) nos borraron la sonrisa de la cara. Además, mientras esperábamos conocimos a dos chicos marroquíes con los que estuvimos hablando de todo un poco.

Nada más poner un pie en el Aeropuerto Mohamed V de Casablanca nos movimos todo lo rápido que pudimos para recuperar el tiempo perdido: pasamos los controles de pasaporte e inmediatamente fuimos a cambiar euros por dírhams. Nuestra idea era irnos a Rabat para pasar allí la noche y el sábado entero, mientras que el domingo quedaría reservado para ver lo que diese tiempo de Casablanca. El medio de transporte idóneo para llevar a cabo nuestros planes era el tren, pues en el propio aeropuerto está la estación Aeroport Med V que mediante los transbordos adecuados comunica con todo el país.

Hay muchas opciones para ir en tren desde Casablanca a Rabat. Aunque nosotros llevábamos un plan con la información que habíamos sacado de internet los chicos marroquíes nos sugirieron otro itinerario y, de hecho, nos presentaron a una chica, Asmae, que iba también a la capital de Marruecos. Entre los trámites del aeropuerto y las presentaciones tuvimos que ir corriendo, pues cogimos el tren de las 18:00 de puro milagro (un minuto más y nos hubiese tocado esperar una hora).

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El recorrido que hicimos fue desde el aeropuerto hasta la estación Ain Sebaa (donde tuvimos que esperar media hora hasta la llegada del siguiente tren), y de allí hasta la estación Rabat Ville (también conocida coloquialmente como Rabat Medina). Todo eso costó, en total, 75 dírhams por persona, algo más de 7 euros. Aunque estábamos bastante cansados no fue un viaje especialmente pesado, pues entre que íbamos hablando con Asmae y que fuimos viendo por la ventana como anochecía el tiempo pasó a toda velocidad.

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Al final conseguimos llegar a Rabat Ville, donde nos despedimos de Asmae y dimos la bienvenida a una sensación muy agradable: por fin habíamos vuelto a Marruecos. Es difícil explicar que sólo dos horas de avión transporten a un mundo tan distinto. Quizá sea por el tráfico caótico, por la variedad de gente de las calles o por el omnipresente olor a té verde, pero el caso es que nos encanta respirar el ambiente marroquí y formar parte de él aunque sólo sea, como en este caso, por un par de días.

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Casablanca y Rabat 07A unos 200 metros de la estación se encuentra el Hotel Balima, nuestro hogar durante el viaje. Básicamente lo elegimos por su excelente ubicación y por su buen precio (unos 60€ por noche la doble, impuestos y desayuno incluidos). Fue concebido en 1930 como un alojamiento lujoso, y desde entonces apenas se ha renovado.

Casablanca y Rabat 08Únicamente fuimos al hotel para hacer el check-in y dejar las mochilas, pues teníamos muchas ganas de empezar a tomarle el pulso a Rabat. Para eso el Hotel Balima es excelente, pues se enmarca en la populosa Avenue Mohammed V, que prácticamente a cualquier hora está llena de gente de todo tipo: jóvenes, familias, turistas…

Casablanca y Rabat 09La idea era ir hasta la medina y allí buscar un sitio barato para cenar. Eso sí, de camino fuimos con los ojos bien abiertos para conocer en la medida de lo posible la zona colonial de la ciudad. Lo primero que vimos fue casi sin querer, pues enfrente de nuestro hotel estaba el Parlamento de Marruecos, con sus omnipresentes policías siempre vigilando.

Rabat es la capital de Marruecos, y la Avenida Mohammed V una de sus principales arterias, lo cual se nota en la gran cantidad de “edificios nobles” que se pueden ver con un pequeño paseo. Con unos pocos pasos llegamos a un cruce en el que estaban el edificio principal de Maroc Telecom (la principal compañía marroquí de telecomunicaciones), la Oficina Central de Correos de Marruecos (muy transitada por el día) y la sede del Bank Al-Maghrib (el Banco Central de Marruecos, encargado no solo de emitir dírhams sino de custodiar las divisas extranjeras y de supervisar el mercado financiero marroquí).

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Detrás de ese trío de edificios había un pequeño parque, momento que aprovechamos para mencionar la gran cantidad de zonas verdes que posee Rabat. En este caso se trata de una especie de introducción al Parc du Triangle de Vue, un parque enorme que apenas exploramos (en viajes tan cortos siempre toca hacer pequeños descartes). El caso es que cada avenida, cada parque o cada pequeño jardín siempre están llenos de gente, algo que nos gustó especialmente de la capital marroquí: desborda vida por los cuatro costados. Lo realmente bonito es ver como se entremezcla población autóctona con la occidental, así como familias con jóvenes. ¿Quién dijo que la vida en países islámicos apenas se hace en la calle?

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Así, casi sin darnos cuenta, llegamos a la medina de Rabat. Técnicamente seguía siendo la Avenue Mohammed V, pero lo que antes era gente paseando por un ancho bulevar de corte francés se había convertido en un sinfín de personas que se agolpaban de aquí a allá entre puestos de comida, zumo y ropa dispuestos por una estrecha calle propia de una medina. Por muchas palabras que pongamos es imposible describir el abanico de sonidos, aromas y sensaciones que se experimentan al meterse de lleno en la vida cotidiana de una ciudad como esta.

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Lo dicho, aunque estuvimos curioseando un poco el objetivo principal era encontrar un sitio en el que cenar. Tanto en la propia Avenue Mohammed V como en sus calles adyacentes hay mucha oferta, y en una de éstas (en concreto en la Rue Sidi M’Amed el Ghazi) fuimos a parar al Réstaurant Al Ikhwan. Allí comimos una deliciosa harira cada uno y un tajine de carne para compartir, que junto con el pan y el agua salió por 43 dírhams en total (alrededor de 4€). Además, el dueño del restaurante, un fanático del fútbol y de la fotografía, nos trató a las mil maravillas y fue amable a más no poder.

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Con la barriga llena las cosas se ven de otra manera, pero aún así estábamos bastante cansados por el avión y el tren. Como al día siguiente íbamos a explorar Rabat a fondo no quisimos profundizar demasiado, aunque a la que caminábamos de vuelta al hotel aprovechamos para investigar un poco las murallas de la ciudad. Toda la medina de Rabat está delimitada por un recinto amurallado muy bonito y en buen estado de conservación, en el que al margen de los paramentos como tal destacan especialmente las puertas. Como estaban cerquita nos acercamos a ver tanto la Bab el-Had como la Bab Chellah, lugares por los que pasaríamos varias veces en este viaje. También aprovechamos para comprar una botella grande de agua mineral en uno de los muchos puestos que había diseminados alrededor de la muralla por 6 dírham, a un tendero que parecía hermano gemelo de Yosi (el cantante de Los Suaves).

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De vuelta al hotel parecíamos dos balones de playa, pues habíamos cenado demasiado y estábamos hinchadísimos. En un principio habíamos pensado en tomar de postre un helado, pero se había hecho un poco tarde y ya no había ninguna heladería abierta. Sin embargo, nos habíamos fijado que el propio Hotel Balima tenía a sus pies una cafetería que siempre estaba llena de gente… ¿Por qué no tomar un té? El té a la menta (también conocido como whisky bereber) además de estar riquísimo viene de perlas para una digestión pesada. Dicho y hecho: nos sentamos y el camarero con la voz más extraña del mundo nos trajo sendas teteras con las que llenamos cada vaso un par de veces. En total fueron 22 dírhams por unos tés que estaban riquísimos.

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Tras esto subimos a nuestra habitación, pues estábamos cansadísimos. Además, al día siguiente íbamos a madrugar para aprovechar el día al máximo, por lo que cada minuto de sueño valía su peso en oro.

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