Bolonia ’07 – Capítulo III: Pizza, Nutella y Edad Media (día 2)

¡Viernes! Tras tomarnos el chocolatito de la máquina del hostal, nos pusimos en camino hacia nuestro primer destino del día: el Museo Cívico Arqueológico. Tras una pequeña caminata nos metimos en el museo, el cual tenía la colección en obras y estaba bastante descolocado. Sin embargo, eso no afectaba a la zona egipcia, que estaba en la planta baja. ¡Qué chulada! Relieves de la tumba de Horemheb, una reconstrucción de la exposición de Belzoni de Londres, sarcófagos…

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Respecto a la parte de arriba, la colección permanente, lo dicho: estaba en plena remodelación, y lo poco que estaba abierto estaba en muy mal estado. Los fondos del museo son impresionantes desde el punto de vista griego, romano y medieval. Sin embargo, al no haber podido disfrutar de ellos en condiciones ponemos una marquita para volver al museo en el futuro.

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Una vez visto “il musei”, volvimos sobre nuestros pasos para ir hacia las dos torres. Sin embargo, nuestro espíritu viajero se vio atraído por un pequeño mercado con mucho encanto. No solo por los “cojoni di mulo” o por los tagliatele que compramos, sino por estar mezclados entre la vida cotidiana de los boloñeses. Fue divertidísimo, y la verdad es que es increíble curiosear entre los puestos de fruta o de pescado y ver como en según qué cosas somos muy parecidos o totalmente diferentes.

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Due TorriSea como fuere, pronto llegamos a la Piazza di Porta Ravegnana, donde nos esperaban las Due Torri. Son el emblema de la ciudad, y parecen sacadas de El Señor de los Anillos (aunque más bien es al revés). Con el lamentable montaje que os ponemos a la derecha no pretendemos engañaros, sino que os hagáis una idea de lo que impresiona ver ambas torres. Así, tras pagar 3€, nos decidimos a subir a ver la Torre Asinelli, la más alta de las dos y la única visitable. Subir los centenares de escalones es una experiencia gratificante, viéndote rodeado de madera que tiene cuatro veces más edad que la persona más vieja que conoces, y sintiendo lo mismo que sentiría un ciudadano de la Bolonia medieval o renacentista.

Las vistas desde arriba son impresionantes y, de hecho, vimos como avanzaba una manifestación que más parecía formada por pulguitas que por personas. La zona tiene especial encanto, por la inclinación de las torres y por el aroma que desprenden. Además, en torno a ella hay varios mercados como el que hemos visto antes.

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En cualquier caso, una vez vimos las dos torres fuimos a la Pizza di Santo Stefano, donde una familia que hablaba español nos hizo una foto. Sin embargo, como siempre pasa, nos la hicieron bastante descentrada y no hemos querido ni ponerla aquí. La plaza era muy bonita, además tiene una basílica conocida como “las siete iglesias” del románico.

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Siguiendo en esa zona, bajamos a ver la Basilica di Santo Domenico. Allí está puesta la tumba del santo en medio de la plaza, seguro que el tío pasa fresco. A estas alturas ya íbamos teniendo hambre, y vimos una trattoria bastante chula… aunque pasamos de largo, porque estábamos algo perdidos y no teníamos ni idea de donde estábamos. Además, ya era hora de ir a la Piazza Maggiore a ver el cogollo de la ciudad.

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De todas formas, como de costumbre, nos desviamos de la ruta… ¡Hacia un mercadillo gigante! Aquí no solo compramos patuquitos a un euro cada pareja, sino que nos comimos un perrito caliente delicioso con cebolla y pimientos. Estuvimos hablando en italocastellano con un grupo de africanos, pero al final no les compramos nada. El mercadillo era bastante parecido a los que hay en España, con la misma sensación constante de folclore.

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De aquí teníamos que ir a la Piazza Maggiore, el inicio y el fin de Bolonia, pero como siempre dimos un rodeo viendo varias cosas. Eso sí, el hambre apretaba y cada vez costaba más andar. Tras comernos una de nuestras pizzas, como no podía ser de otro modo, nos dimos un paseo por la Plaza Mayor. De aquí podemos destacar muchas cositas. La verdad es que la fuente de Neptuno la vimos por la noche dando un paseo, pero por el día nos dimos cuenta de que el agua les salía… ¡de las tetas!

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Luego, en la catedral, tuvimos que entrar por turnos porque los malditos curas han puesto a un portero de discoteca en la entrada que no te permite entrar con mochila. Mira que intentamos colarnos, pero el gorila de la puerta no nos dejó. Eso sí, ya que no nos dejaron entrar con mochilas hicimos fotos por dentro. La historia de la catedral es curiosa: resulta que el proyecto original estaba pensado para hacer el templo más grande del planeta, superando al del Vaticano. Cuando el papa se enteró, les dijo que naranjas de la China y que la terminasen sin llegar a una determinada altura: por eso se ve una catedral hecha en dos mitades.

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En la plaza había más cosas: el Palazzo dei Notai, el Palazzo Comunale, el Palazzo del Rei Enzo… La verdad es que es un sitio con mucho encanto, mucha gente joven y mítines políticos en los que ponen a Ska-P de fondo. Aunque en la plaza nos estaba esperando un evento muy importante, antes nos dimos un paseíto por lo que nos quedaba por ver de la ciudad.

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Bajando por la “calle de la Navidad” (una que estaba decorada con guirnaldas, y que se quedó con ese apodo made in Edu & Eri) llegamos a la Iglesia de San Salvatore y a la Chiesa de San Francesco. Esta última era bastante bonita, aunque los mendigos de la puerta de atrás daban un poco de mal rollo. En cualquier caso, después de ver esto eran como las seis de la tarde (de la noche, mejor dicho) y ya nos habíamos visto todo.

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Eso sí, no hay que olvidar… ¡El Cioccoshow! ¡DIOS! ¡QUÉ BUENO! Fue de las cosas más divertidas de la ciudad. Por un lado, esas pastitas de chocolate que nos compramos para ir abriendo boca para la cena, y de las cuales una parte llegó a Madrid. Además, aprendimos que tienen una palabra específica para hablar de 100 gramos. Por otro lado, el turrón estaba duro. ¡Qué risa, de lo mejor del viaje! Había una vendedora de turrón dando leches con el mazo, partiéndolo en trocitos, y la cara de odio que puso cuando un señor le dijo “¿duro, eh?” no tuvo precio. Lo mejor del Cioccoshow fue cuando nos regalaron algodón de azúcar. No sabemos como lo hacemos, pero siempre que vamos a algún sitio nos comemos un algodón de azúcar.

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Una vez hicimos esto, la tradición de siempre: ducha, descanso… ¡Y masajito en nuestros pobres pies! Tras ello, salimos a dar otro paseo nocturno y vimos la biblioteca (por la noche) y nos pusimos a buscar un sitio para cenar pasta. Fue difícil, porque ese tipo de platos eran caros, pero al final encontramos varios. Por fin, nos decidimos por un autoservicio que estaba al lado de la Nutelleria (y así matábamos dos curas de un tiro y nos comíamos un crepe). Es más, fue una matanza, porque no matamos dos curas sino tres: comimos pasta, un crepe… ¡y probamos una ensalada de con funguis y vinagre de Módena! Costó aliñarla bien, que somos un poco torpes.

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Al igual que el otro día, la jornada se cerró en el centro neurálgico de Bolonia, la Piazza Maggiore. De todas formas ya estábamos cansados, y nos fuimos a nuestra habitación. Estuvimos viendo la tele, y había de todo: Gran Hermano, Supervivientes, Quién quiere ser millonario… ¡Igualito que aquí! Lo malo es que ya se iba acabando el viaje.

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