Berlín ’12 – Capítulo III: ¿Qué hacer un lunes en Berlín? (día 2)

Los lunes no nos gustan en general, pero viajando menos todavía. El inicio de la semana vuelve a las ciudades de color gris, hace que la gente esté de mal humor… ¡Y encima cierran los museos! ¿Pero esto qué es? Por suerte siempre hay excepciones, por lo que en nuestro particular lunes berlinés las juntamos para hacer una ruta de lo más animada. No hay ningún nexo temático o temporal, simplemente nos dedicamos a visitar todas aquellas cosas que estaban abiertas.

Por supuesto, empezamos con un abundante desayuno. Que el alojamiento incluya desayuno es un requisito fundamental, pues se ahorra tanto tiempo como dinero. En el caso del Generator Hostel, cada mañana nos podíamos hasta arriba con tostadas, cereales, leche, fruta, zumo y embutidos. Empezar el día con fuerzas es importante.

En nuestra hojita de “cosas que ver en Berlín un lunes” la primera parada era todo un clásico en nuestros viajes: el zoo. Está muy bien comunicado mediante bus (recordad que las líneas 100 y 200 salen desde un intercambiador cercano) y Metro, pero aun así nos despistamos y nos perdimos un poquito.

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Hasta que no llegamos a la taquilla no nos dimos cuenta de un problemilla bastante gordo para nuestra economía, pues el Carnet de Estudiante Internacional había caducado y para colmo Edu se había olvidado la tarjeta de la Universidad Autónoma de Madrid en casa. Así pues, empezó una rutina que nos acompañó todo el viaje: primero probábamos a entregar los carnets ISIC caducados, que colaron en la mayoría de los casos; luego probábamos con el carnet de la universidad y una mezcla de tarjetas variadas, que también nos ahorraron algunos euros; por último, nos resignábamos y pagábamos la entrada sin descuento.

Berlin 44En el caso del Zoo de Berlín no hubo ningún problema: con los carnets caducados nos dejaron pasar, aunque es cierto que sólo en tres o cuatro sitios pagamos full prize. Aun así ver a los animalitos alemanes no es nada barato, pues salimos a 15€ por cabeza. Tras el Zoo de Londres y el Zoo de Roma, este no se nos podía escapar.

Más que nada, porque el Jardín Zoológico de Berlín (Zoologischer Garten Berlin) es una referencia a nivel mundial. Es uno de los más grandes (34 hectáreas), más antiguos (fundado en 1844) y con más variedad de especies (más de 1500) del mundo. Vamos, una visita obligada en la que no faltaron elefantes, tapires o camellos.

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Pese a ser un zoo enorme, con la entrada no te dan plano, sino que te intentan vender un catálogo de 15€. Ya habíamos gastado suficiente y hay varios mapas distribuidos por el zoo, por lo que hicimos una foto y nos orientamos con el iPhone. Eso es lo único que nos disgustó, porque el resto del tiempo las sonrisas no desparecieron de nuestras caras.

Berlin 48Vamos a destacar las tres cosas que más nos gustaron. En primer lugar, el impresionante Aquarium, uno de los más grandes de Alemania. Mucho ojito, porque es una parte independiente del zoo y te piden entrada (ya que se puede comprar ticket solo de zoo, solo de acuario o de los dos) tanto para entrar como para salir.

Nosotros habíamos pagado por verlo todo, y mereció la pena. Hay más de 250 peceras, con un total de 9000 animales en su interior. Aparte de los peces más curiosos -mención aparte merecen los tiburones y unos curiosos pececillos transparentes-, no nos podemos olvidar de cocodrilos, tarántulas y dragones de Komodo.

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Berlin 52Al margen del Acuario, la segunda cosa que más nos gustó fue poder contemplar a uno de los pocos osos pandas que viven en zoológicos en toda Europa. Tras la repentina muerte en 2011 de Knut, el mediático oso polar blanco, sin duda los pandas son los auténticos símbolos del museo. En el Zoo de Madrid también tenemos, dicho sea de paso.

En tercer lugar, queremos destacar que cada animal vive en un espacio que recrea su hábitat natural. Quizá no sea algo tan trabajado como en Faunia, por ejemplo, pero aun así nada tiene que ver con las jaulas que se le presuponen a un zoo decimonónico.

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Berlin 56Y para terminar, dos curiosidades. La primera es que la línea de Metro de la Zoo Station es la U2, y precisamente el grupo irlandés tiene una canción que se llama como la estación. Eso si, donde estén canciones como Where the streets have no name o Vertigo… La otra es que en el zoo también había réplicas de casas de todo el mundo. ¿Por qué? No lo sabemos, la verdad.

Entre rinocerontes y cebras se nos había ido toda la mañana, pero no nos paramos ni un instante ya que había que aprovechar las poquitas horas de sol que hay en Berlín en enero. Salimos del zoo en busca de un sitio de alquiler de bicis, pues nos apetecía dar unas pocas pedaladas y conocer la ciudad sobre dos ruedas… ¡Error! En invierno sólo las alquilan cerca de la Alexanderplatz. No íbamos a ir hasta allí a por ellas, así que hubo que descartar esa idea.

De lo que no podíamos prescindir era de comer, y más estando en una zona como esa. En los alrededores del zoo y de la Kurfürstendamm hay sitios para todos los bolsillos, y en nuestro caso nos hicimos con unos riquísimos noodles con pollo y verduras en un puesto callejero. Por 2.5€ por persona (más 2€ por las cocacolas) nos pusimos hasta arriba. El único problema es que elegimos mal el sitio para comer, pues en la calle hacía frío y nos metimos en la estación de metro. ¡Nuevo error! Un loco nos quiso quitar los noodles, un vagabundo se puso a cantar a nuestro lado y encima no había sitios para sentarse. Hubiera sido mejor morir en la calle congelados, aunque al final sobrevivimos y pudimos comer a gusto.

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Con la barriga llena recompusimos nuestros planes: a falta de bicis, cogeríamos el autobús 100 hasta el corazón del Tiergarten, un oasis verde en el corazón de Berlín. Justo en su zona central está el Siegessäule (en español Columna de la Victoria), que era nuestro verdadero objetivo.

Berlin 59La monumental columna está en medio de una rotonda, ubicación que no siempre tuvo. Originalmente estaba frente al Reichstag, pero se trasladó aquí durante la tremenda reforma que sufrió la ciudad durante el dominio nazi. Pese a todo, el tráfico y la carretera no impiden que la columna siga conmemorando distintas victorias militares de la antigua Prusia: frente a Dinamarca, en 1864; frente al Imperio Austriaco, en 1866; y frente al Segundo Imperio Francés, en 1871. En origen se concibió para celebrar la primera batalla, pero mientras la construían se produjeron esos éxitos y al final recuerda esas tres fechas.

Para llegar hasta la monumental columna hay que superar la carretera mediante distintos pasos subterráneos, todos ellos indicados mediante carteles. Se accede a través de una especie de templetes y unos pasillos sencillos aunque inquietantes.

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Berlin 63En cualquier caso, es espectacular la visión de la Siegessäule desde el último tramo de escaleras. Tras los breves -pero oscuros- pasadizos reconforta mucho encontrarse con un monumento tan bonito. De hecho, es mucho más frecuente ver a guiris como nosotros haciéndose fotos en las escaleras que en cualquier otro sitio de la rotonda.

Subir al mirador de lo alto de la Columna de la Victoria cuesta 2.5€ por persona, y lo bueno es que abre todos los días de la semana. En la planta baja hay una especie de museo sobre el propio edificio, además de otros monumentos nacionales alemanes y de otros países. No es gran cosa, pero es de paso obligado para llegar hasta la escalera de caracol que lleva a lo alto. Es una subida algo cansada, pues son 285 peldaños girando y girando.

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Berlin 66Por suerte, al poco de empezar hay una primera parada para contemplar las alegorías que decoran parte de la columna. Siempre es curioso contemplar de cerca estas grandes obras de arte, pues como es lógico cambian totalmente respecto a las sensaciones que producen desde lejos. Como todo en la vida.

La cosa es que tras una lenta y agónica subida llegamos a un mirador a unos 60 metros de altura, desde donde se puede contemplar el Tiergarten en todo su esplendor. También hay una buena panorámica del skyline berlinés, aunque lo cierto es que la zona verde es la auténtica protagonista.Aún así, el asfalto le ha pegado mordiscos considerables, sus 210 hectáreas le convierten en el parque más grande del centro de la ciudad. Recuerda en algunas cosas a la Casa de Campo de Madrid, pues antaño fue coto de caza.

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Las vistas son preciosas, únicamente comparables a lo bonita que es la estatua dorada de Niké que corona la columna. Dando la vuelta por el mirador se puede apreciar perfectamente como confluyen en la rotonda cinco de las más grandes avenidas de la ciudad. Por eso al lugar se le llama la Gran Estrella (Großer Ster). Por cierto, cuando estábamos en lo alto empezó a nevar tímidamente, pero solo fue un poquito… ¡Con las ganas que teníamos de una nevada gorda!

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Berlin 71Con las mismas deshicimos el camino andado: escaleras abajo, túnel para dejar la rotonda y vuelta a la parada de autobús. Ya hemos dicho varias veces en lo que va de relato que la línea 100 funciona de maravilla, y a los pocos minutos llegó un bus que nos llevaría desde la Siegessäule hasta uno de los sitios más reconocibles de la ciudad.

Berlin 72Estamos hablando de la Plaza de París o Pariser Platz, que se encuentra en los límites del Tiergarten y que se llama así en honor del Tratado de París de 1814. Es bastante grande, pues su superficie ronda la hectárea y media. Se trata de un bonito cruce de caminos que une la Straße des 17. Juni con la calle Unter den Linden.

Pese a todo, merece la pena quedarse para contemplar el auténtico símbolo de la ciudad: la Puerta de Brandeburgo (Brandenburger Tor, en alemán). Construida a fines del siglo XIX, es uno de los grandes símbolos de la Guerra Fría porque durante casi treinta años quedó en tierra de nadie entre las fronteras de Berlín Este y Berlín Oeste. También merecen la pena el Hotel Adlon, con más de un siglo de antigüedad, y otros edificios de los alrededores, incluyendo algún museo al que no pasamos por estar cerrado.

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No hace falta mentir: el sitio nos decepcionó un poco. Quizá fueron tantas las cosas buenas que habíamos oído sobre la Puerta de Brandeburgo -y compañía- que esperábamos mucho más. Somos historiadores, por lo que no hace falta decir lo mucho que nos gustan los lugares cargados de Historia, pero en este caso las sensaciones fueron bastante frías. Tampoco es que nos impresionase demasiado el Hotel Adlon, pese a que recordábamos como de pequeñitos un Michael Jackson decadente asomaba a su bebé por el balcón. En cualquier caso, se trata de una visita obligada a nivel mundial, y desde luego figura en nuestro currículum viajero con todo el orgullo. De hecho, hoy tenemos un recuerdo más cercano al cariño que a la decepción.

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Cambiando de tercio, a cinco minutos andando de la Pariser Platz está el Monumento a los Judíos de Europa Asesinados (Denkmal für die ermordeten Juden Europas), conocido generalmente como Monumento del Holocausto (Holocaust-Mahnmal). Es un polémico lugar de memoria, no por el tema -está fuera de toda duda que una barbarie como la producida en la Alemania nazi nunca debe ser olvidada- sino por su estructura en sí misma. Mediante 2711 losas de hormigón se ha creado una especie de bosque, tan incómodo como difícil de entender.

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Realmente impresiona más el conjunto visto desde fuera que caminar por su interior. De todos modos, es innegable que se produce una extraña sensación de desasosiego. No es un monumento fácil de entender, pues apenas dice nada concreto, pero desde luego transmite algo del dolor que supuso un Holocausto que estremeció al mundo. La vida son sensaciones, y en este caso la visita fue más cruda por las condiciones en las que la hicimos: frío, lluvia, silencio.

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Berlin 79Más intranquilos que contentos pusimos rumbo hacia el Museo Judío de Berlín, que iba a ser la última parada del día. Teníamos que andar un buen rato, pero nos apetecía patearnos un poco la ciudad. Algo tan simple como caminar puede ser la mejor manera de percibir detalles, y nosotros nos caracterizamos por hacer varios kilómetros en cada viaje.

Berlin 80Una de las cosas que más nos gustan de caminar es que suelen surgir interesantes cambios de planes. En este caso nos encontramos con el magnífico museo Topographie des Terrors (Topografía del Terror). Lo cierto es que íbamos a visitarlo otro día, pero al verlo abierto y a solo unos metros de nosotros no pudimos resistirnos.

Es una visita imperdible si se está en Berlín, por ser uno de esos lugares de memoria que combinan museo, restos arqueológicos, significado histórico… Básicamente se visita un centro de documentación (construido en 2010, aunque recoge una exposición montada en 1987) sobre los horrores de la Alemania nazi. La clave está en que se haya ubicado en el mismo sitio en el que estaban las sedes de la Gestapo y de las SS, destruidas en buena medida por las bombas. Por eso se pueden ver infinidad de vestigios que, sin tener la belleza de un templo griego o la magia de un castillo medieval, han de ser conservados igualmente para que nunca haya olvido: muros, trazado urbano, sótanos, etcétera. Para rematar, un tramo del archiconocido Muro de Berlín termina de explicar por qué un fanático de la II Guerra Mundial debe ir aquí.

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Berlin 84Por si todo eso fuera poco, entrar es absolutamente gratis. ¡Cuanto nos queda por aprender en España sobre como gestionar los bienes culturales! Sólo con cruzar la puerta ya nos dimos cuenta de que estábamos ante una institución moderna, con un planteamiento museístico vanguardista y con una visión equilibrada de un tema tan sensible.

Hay un vídeo de presentación sobre la Topographie des Terrors que ponen en una sala de proyecciones. Obviamente normalmente lo ponen en alemán, pero si se lo pides al personal del museo -cosa que hicimos- te lo pasan en castellano. Muy interesante y prácticamente obligatorio para entender una larga pero interesante exposición.

El hilo conductor es la Alemania nazi a través de las SS (Schutzstaffel o Escuadrón de Defensa) y la Gestapo (Geheime Staatspolizei o Policía Secreta del Estado), aunque se presentan temas de todo tipo: desde el ascenso de Hitler al poder hasta la persecución a homosexuales, pasando por otros más amplios como la vida cotidiana en el periodo. Todo ello a través de paneles (en alemán e inglés) con fotografías, vídeos, audiovisuales, recortes de prensa y testimonios de supervivientes. No hace falta decir que el museo se merece un diez y que la exposición pone la piel de gallina.

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Pasamos un rato bien largo en el interior de la Topografía del Terror, tanto que al salir era noche cerrada. Quizá no sea algo muy difícil en una ciudad en la que anochece a las cinco de la tarde, pero mínimo se nos fueron dos o tres horas. Salimos con ganas de aprender más sobre el tema, y aunque no se veía muy bien estuvimos recorriendo de nuevo los vestigios arqueológicos que forman parte del conjunto: la Central de la Gestapo, la Jefatura de las SS, edificaciones antiaérea y varias cosas más. Todo ello aderezado con una gran nevada que nos hizo bastante ilusión.

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Por cierto, este ha sido el primer viaje en el que nos hemos llevado la cámara de vídeo. Aunque nos la trajeron los Reyes Magos casi un mes antes, apenas habíamos tenido tiempo para probarla, y la verdad es que no sabíamos muy bien como iba. Grabamos bastantes cosas, pero la mayoría chorradas. Para que os hagáis una idea, este vídeo de la nevada es lo más serio que tenemos del lunes:

 

Aunque habíamos hecho una laaarga parada, en realidad teníamos claro que queríamos ir a visitar el Museo Judío de Berlín (Jüdisches Museum Berlin), uno de los puntos fuertes del viaje. Es uno de los mayores museos del mundo sobre la cultura hebrea, y tiene especial significado por estar ubicado en la ciudad epicentro de la locura nazi. Abre todos los días de 10 a 20 -incluso los lunes amplía su horario hasta las 22- y cuesta 5€ por persona (o la mitad en tarifa de estudiante). Pese a que se entra por el antiguo edificio del Museo de Berlín, el grueso de la exposición se desarrolla en una moderna construcción diseñada por el polaco Daniel Libeskind. Fue inaugurada en 1999 y a través de agresivas paredes de metal trata de transmitir el vacío dejado por los que ya no están.

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Aunque es evidente que algunas épocas tienen más protagonismo que otras, la exposición trata de explicar la historia judeoalemana desde hace 2000 años hasta la actualidad. Para ello utilizan infinidad de objetos cotidianos, historias muy concretas que independientemente no tienen sentido pero que entre todas muestran el camino que ha seguido la cultura hebrea en Alemania.

Para ello hay zonas muy diferentes y con enfoques totalmente distintos. Por ejemplo, se empieza visitando una serie de tres brazos o ejes: el Eje del Exilio, el Eje del Holocausto y el Eje de la Continuidad. En ellos se muestran decenas de documentos particulares que explican de una manera muy personal lo que supuso la persecución, la emigración y el exilio para los judíos de la Alemania nazi.

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Al final de cada eje hay una construcción distinta: la Torre del Holocausto, con un único hueco vertical; el Jardín del Exilio, con 49 pilares de hormigón que representan la fundación de Israel; y el Vacío de la Memoria, un espacio en el que el el artista Menashe Kadishman rinde homenaje a todas las víctimas de la violencia.

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Esa última parte merece una mención específica, pues es realmente impresionante. En una sala amplia se han esparcido miles de caras talladas en planchas de latón, sobre las que el visitante puede caminar. Nosotros lo hicimos -por indicación del personal del museo, que a diferencia de lo que ocurre en España está para ayudar y no para espantar la cultura- y quedamos impresionados por el sonido de las caras metálicas chocándose unas contra otras.

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El resto de la exposición ya responde a lo que se presupone de un museo tradicional: paneles informativos, piezas históricas, fotografías de época… Hay muchas salas, más o menos quince, cada una protagonizada por un periodo o por un tema concreto: el periodo de entreguerras, la infancia para un niño judío o el papel de las mujeres son sólo algunos ejemplos. No podemos hacer ni un reproche, pero aun así no disfrutamos del todo. Estábamos muy cansados, y con los pies destrozados tras un día entero caminando es difícil sacarle todo el jugo a un museo tan grande como este.

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Terminamos bastante tarde, pero el cansancio no impedía que estuviésemos contentos. Lo estábamos pasando muy bien y, aunque algunas cosas nos habían sorprendido menos de lo esperado, todo estaba saliendo a la perfección. Como todos los viajes.

Berlin 101Rematamos la noche cenando en un Kentucky Fried Chicken, concretamente en el que está al ladito de la Alexanderplatz.  Dos hamburguesas con patatas y tres trozos de pechuga crujiente: 8.85€ en total, bebida incluida. No es muy sana la comida basura tan a menudo, pero es muy barato y en Madrid la consumimos muy esporádicamente.

La vuelta al hostel fue dura, nos costó no dormirnos en el tranvía de vuelta. Sin embargo, una vez allí lo pasamos muy bien hablando con la familia y compartiendo fotos con amigos y lectores a través del facebook de Edu & Eri Viajes. Gracias a Víctor, Irene, Patricia, Mar, Azahara, Judith, Inés, Vero, Sofía, Maika, Antonio, Lola, Tania, Cris, Ana, al Taruflo y a todos los que nos hicistéis sentir como en casa noche tras noche con vuestros comentarios y vuestros “megustas”.

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2 pensamientos en “Berlín ’12 – Capítulo III: ¿Qué hacer un lunes en Berlín? (día 2)

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