Bélgica ’08 – Capítulo VIII: Despedida por todo lo alto de Bruselas (Día 4)

El último día de un viaje siempre ofrece sensaciones contrapuestas. Hay ganas de aprovechar hasta el último segundo viendo cosas, pero es innegable que el sentimiento de pena se hace cada vez más patente según se va acercando la vuelta a la rutina. Así, nuestro último día en Bélgica era también el de la despedida del que durante esta pequeña etapa había sido nuestro cuartel general: el Youth Hostel Van Gogh (CHAB). ¿Cómo definirlo? Es el lugar ideal para descansar y para pasarlo bien. Las habitaciones, desde dos hasta ocho personas, son cómodas, tranquilas y muy limpias, mientras que hay lugares comunes con un ambiente sensacional: bar-pub, cocina, acceso a internet… Lo que más nos gustó de todo fue el desayuno, que incluido en el precio de la habitación -muy económico, dicho sea de paso- daba la oportunidad de empezar el día cogiendo fuerzas a través de una buena comilona: zumo, leche con chocolate, café, infusiones, un cuenco de cereales y cinco tostadas que se podían untar con mantequilla, mermelada y Nutella. ¡Ese era el secreto de nuestra fuerza!

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Este último día pudimos dejar las maletas en el albergue, por lo que fuimos a dar una última vuelta por Bruselas bien ligeritos. Empezamos por el barrio en el que está el CHAB, en el que el elemento más característico es el Jardín Botánico o Kruidtuin, uno de los más importantes de Europa. No pasamos a verlo porque teníamos intención de ir a otros sitios, pero queda apuntado para futuras visitas.

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Lo primero que vimos esa mañana fue la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, la cual habíamos visitado en nuestros paseos por Bruselas de noche los días anteriores pero nunca con sol. Tuvimos la ocasión de poder ver su interior sin aglomeraciones, dado que era muy pronto. Lo que más nos llamó la atención fue la sobriedad de la decoración, algo chocante si se pone en comparación con lo llamativo que es el exterior. Además, el impresionante órgano de la catedral creaba un ambiente sobrecogedor.

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Belgica 170Desde ahí cogimos el metro desde la Gare Central o Centraal Station, hasta la estación de Porte de Hal o Hallepoort. Se trata de la parte sur de la ciudad, y en ella lo primero que te recibe es un impresionante edificio que da nombre a las estaciones de metro (es decir, el Hallepoort). Se trata de una fortaleza medieval que data del siglo XIV y que es el principal vestigio de las segundas murallas de la ciudad de Bruselas. En la actualidad el edificio destaca por ser una auténtica mole en medio de un parque y un barrio residencial, algo que ensalza aún más su valor como fortaleza defensiva.

Si habíamos ido allí era porque queríamos ir al Marché aux puces, es decir, “mercado de las pulgas” o mercadillo. Es un mercadillo emblemático de Bruselas que se celebra a diario, de 7:00 a 14:00, en la Place du Jeu de Balle. El lugar tiene dos lecturas, la positiva y la negativa. Si eres de esos a los que les encanta rebuscar entre montones de cosas antiguas, pasadas de moda y desordenadas, este es tu sitio. En cambio, hay quien puede ver el lugar como algo incómodo y en el que es difícil encontrar nada. En nuestro caso, aunque tampoco nos terminó de disgustar lo cierto es que íbamos con la intención de comprar regalos a la familia y no encontramos más que chatarra. Que nadie se imagine una especie de Rastro de Madrid o algo por el estilo, es más bien algo tipo “los bajos fondos del Rastro de Madrid“. De todos modos, es un sitio extraño que merece la pena visitar.

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Belgica 173Una vez echamos parte de la mañana en el Marché aux puces, cogimos de nuevo el metro en Porte de Hal o Hallepoort, esta vez con destino Heysel o Heizel. De la parte sur pasamos a la parte norte de la ciudad, donde nos esperaba el Bruparck, un conglomerado de atractivos turísticos entre los que destacan el Atomium y Mini-Europe. La zona en sí es en la que se desarrolló la Expo de 1958, y en ese sentido da un poco la sensación de sitio dejado de la mano de dios. Respecto al Atomium, hay que decir que es la réplica de una molécula de hierro ampliada 165 mil millones de veces. Se construyó para la Expo, y aunque no visitamos el interior por muchas razones (era muy caro, la exposición no era muy atractiva y nos habían recomendado no hacerlo) desde fuera cuanto menos es llamativo. Fue construido por André Waterkeyn, y todavía conserva derechos de autor, por lo que no esperéis encontrar en la web fotos del Atomium sin que salgan un par de bichos como nosotros.

Siguiendo el camino perfectamente marcado llegamos a Mini-Europe, un parque temático en el que se recrean los edificios más característicos de la Unión Europea. Nada más entrar te dan un pequeño libro -en castellano, lo cual se agradece- en el que te informan de cada país y de cada uno de los edificios representados. Según la coges y pagas los 12€ de rigor entras en el parque, en el cual no hay más que seguir un pequeño sendero que te llevará de inicio a fin a lo largo de algo más de una hora. A Eri, como la vieron chiquitita, estuvieron a punto de cobrarle entrada para niños.

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El parque está estructurado por países. Cada uno de ellos tiene al principio un pequeño panel informativo en el que se indica el nombre del país, su bandera, su extensión en kilómetros cuadrados, su población, su moneda -y el cambio que ésta tiene con el euro- y su año de ingreso en la UE. Además, hay un pequeño botón que al pulsarlo hace sonar el himno nacional del susodicho país. En general hay cuatro o cinco edificios por país, aunque de Bélgica había más y de otros había menos.

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De todos modos, Mini-Europe es más que un puñado de maquetas. A lo largo del parque hay otras cosas con las que disfrutar y reírse, como en el caso de las fotos que se ven más abajo: había varios monigotes con los que hacerse fotos para no enseñar a nadie. Las figuras también representan cosas típicas de Europa, como la Guardia Real Británica o un vitícola con su cosecha de uvas.

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Quizás la parte más divertida es aquella en la que encuentras edificios que has visitado a tamaño real. Por ejemplo, cuando llegamos a la parte de Francia recordamos lo bien que lo habíamos pasado en París un año y medio antes. Dicho sea de paso, las maquetas están muy bien logradas, con todo tipo de detalles y algunas son realmente grandes. Además, algunas tienen un pulsador en el cual se activan funciones características del edificio en cuestión, como el funicular de Montmartre o las explosiones del Vesubio.

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Por supuesto, y más después de haber ganado la Eurocopa, queremos destacar la parte de España. Hay cinco zonas representadas: el Monasterio de El Escorial, los molinos de viento de La Mancha -Don Quijote y Sancho Panza incluidos-, la Real Maestranza de Sevilla -en la que había toros y toreros que funcionaban pulsando un botón al grito de “olé”-, el puerto de Barcelona y la Catedral de Santiago de Compostela.

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Evidentemente, con poco más de veinte años y “sueldo” de estudiante todavía no hemos podido viajar por toda Europa. Aunque no tiene ni punto de comparación, lo cierto es que ver edificios tan emblemáticos como el Palacio de Westminster o la Torre Inclinada de Pisa al alcance de la mano hizo que nos picara el gusanillo de viajar todavía más.

También es destacable que durante todo el parque había paneles informativos con algunos elementos representativos de la cultura europea. Debajo se pueden ver dos fotos: la primera, que se corresponde con el Camino de Santiago visto por los belgas; y la segunda, que incluye una particular clase de cómo tocar las castañuelas en seis cómodas lecciones. Érika no estaba de acuerdo con el “método carretilla” del panel.

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Por último, hay que decir que Mini-Europe es un lugar perfecto para adentrase en la historia de la Unión Europea. A través de sus maquetas han quedado reflejados eventos definitorios del proceso de construcción europea, como la caída del muro de Berlín o las sucesivas ampliaciones de países, como Rumanía en 2007.

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Belgica 196Fue una pena, pero como casi todo lo bueno llegó a su fin. Eso sí, tras la visita nuestro “espíritu europeo” quedó fortalecido. Antes de salir, pasamos a un pequeño centro de interpretación en el cual había algunos videojuegos, algún que otro panel y una tienda en la que comprar “espíritu europeo” a buen precio, de ese que luego acaba encima de la tele o en una estantería al final del todo.

Fue justo terminar y ponerse a diluviar, pero como ya no teníamos que estar en la calle tampoco fue un problema. Así, volvimos a coger el metro, esta vez desde Heysel o Heizel hasta Botanique – Kruidtuin, donde empezó todo, para recoger las maletas del albergue e ir a buscar un sitio para comer. En los diferentes días que habíamos estado en Bruselas ya habíamos echado el ojo por la zona, y viendo los precios teníamos un sitio más o menos localizado (llamado La Bergerie) en el que probar el plato nacional de Bélgica: ¡¡LOS MOULES-FRITES!! Éste, que también aparece escrito como moules frites, consiste en una fuente de mejillones (que se puede preparar de diferentes maneras) acompañada de un plato de patatas fritas. Rara mezcla en un principio, al menos a ojos de un par de españoles.

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En cualquier caso, no solo el sitio era acogedor y calentito -algo necesario con la que estaba cayendo fuera-, sino que la comida estaba riquísima. Teníamos nuestras dudas, porque entramos por una oferta que había (el plato por 10€ éste no figuraba en la carta). Cuando ya habíamos pensado en irnos, preguntamos al camarero y nos lo pusieron de muy buena gana (debe ser que no lo ponen en la carta por si alguien pica). Fueron simpatiquísimos, y los mejillones -hechos al vapor con apio, perejil y alguna especia más- estaban deliciosos. Vamos, que salimos muy contentos porque probamos la cocina típica del país en un buen lugar y a buen precio. Además, de postre comimos un gofre cada uno en los puestos de los alrededores de la plaza.

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Así, con todo el dolor del corazón vimos por última vez -en este viaje- la Gran Place, cogimos las maletas y nos fuimos de nuevo a la Gare du Midi – Zuidstation, desde donde salía el autobús al aeropuerto. Al final, todo había salido a pedir de boca, salvo por un problema: las ganas de querer quedarnos más tiempo en este maravilloso país.

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