Bélgica ’08 – Capítulo II: Bruselas de día (Día 1)

Las 5:00 de la mañana es una hora inhumana para levantarse, y eso tuvimos que hacer nosotros para coger el vuelo de Ryanair con destino Charleroi, que salía a las 7:20 de Barajas. Era la primera vez que volábamos con esta compañía y quedamos bastante satisfechos, pues fue un vuelo muy tranquilo y llegamos según lo previsto. El Aeropuerto de Charleroi es muy pequeñito, por lo tanto las maletas salieron en seguida y no tuvimos que esperar más que para comprar el billete de autobús hacia Bruselas. No tiene pérdida, según sales de la zona de llegadas hay un pequeño stand en el que venden billetes a distintas ciudades, entre ellas Bruselas, por 22€ ida y vuelta. Este primer hachazo al bolsillo es imprescindible, pues en tres cuartos de hora estás en la ciudad y de buscarte otra alternativa -ir a Charleroi pueblo y de allí a Bruselas- sería mucho más tiempo.

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El autobús te deja en la Rue de France, al lado de la estación de tren y metro Gare du Midi – Zuidstation (nombre francés/flamenco). Es un sitio caótico a más no poder, en el que hay muy pocas indicaciones para los recién llegados y en el que te tienes que guiar por intuición. Para nuestro primer día en Bruselas, reservamos por Internet la Brussels Card, que te da acceso gratuito a transporte público y museos, y en la propia estación se podía canjear.

Belgica 03Una vez nos hicimos con la tarjeta, fuimos al Metro, y lo primero que nos llamó la atención fue que no hay tornos para acceder, sino unas maquinitas en las que se valida el billete si se quiere (si no, a apañarse con el revisor). Cogimos la línea 2, hasta la estación Botanique – Kruidtuin, donde estaba nuestro hogar en esos días: el albergue Centre Vicent Van Gogh.

Se trata de un alojamiento para jóvenes, que ofrece muy buenos servicios por muy buen precio: desayuno, alojamiento, cocina -comunitaria- y baño por menos de 25€ por persona y noche. Nuestra habitación no estaría hasta las dos, pero dejamos la maleta en recepción y nos fuimos a ver la ciudad.

Nuestra primera parada fue el Centre belge de la Bande dessinée – Belgisch Centrum van het Beeldverhaal, es decir: ¡el Museo del Cómic! Este particular museo supone el paraíso para cualquier persona que de niño o de no tan niño haya leído algún cómic, como Asterix y Obelix, los Pitufos o Tintín (es evidente que las producciones belgas son las protagonistas del centro). Es divertidísimo, te hace recordar momentos de tu infancia. Nada más entrar, como el museo no está en español, te ofrecen un archivador que luego hay que devolver con todos los paneles traducidos a la lengua de Cervantes.

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Nos lo pasamos como niños haciéndonos fotos con Bebé Pitufo, Lucky Luke o Asterix, entre otros muchos. Además, se ve bastante rápido y es muy ameno, sobretodo cuando te encuentras, en la última planta, con una sección dedicada al cómic erótico. Otra cosa que nos llamó la atención es el genuino ¿ratón? Pickey, que mínimo debe ser el hermano bastardo de Mickey. A la salida había una tienda, pero es mejor no comprar nada allí -es carísimo- y hacerlo en uno de los muchos FNACs que se ven durante el viaje.

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Después de imbuirnos en la cultura del cómic, nos dirigimos hacia la Place des Martyrs – Martelaarsplein, la Plaza de los Mártires. Estaba en plena reforma, por lo que tampoco pudimos disfrutar de ella como se merece. La plaza recibe su nombre, y una estatua da fe de ello, por gente que murió defendiendo la ciudad. Tras ello nos fuimos a la Opera, denominada también Teatro Real de la Moneda, que estaba al ladito. Es un edificio neoclásico, que nos recordó bastante a La Madeleine de París.

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Belgica 11Nuestra siguiente parada fue en la escondida Janneken Pis. Desde hace cientos de años el símbolo de la ciudad es un niño que mea, el cual veríamos a la noche, y a finales del siglo XX se decidió hacer la réplica femenina. Básicamente se trata de una fuente, no especialmente bonita, en la que una niña hace pis. Está bastante escondida, sin ninguna indicación, y para colmo en una zona llena de bares, en un callejón que sale desde la rue des Bouchers. No tiene ni la mitad de afluencia de público que el Manneken Pis, que es el original, pero aun así es una estatua curiosa que merece la pena visitar.

Una vez hicimos la foto de rigor, nos dirigimos a la espectacular, maravillosa genuina e inigualable Grand Place – Grote Markt, la Plaza Mayor de Bruselas. Describirla con palabras es imposible, aun se nos pone cara de bobos al ver las fotos de la misma. No solo es un lugar cargado de historia y con una arquitectura que se sale de lo normal, sino que encima es la zona con más marcha de la ciudad tanto de día como de noche. Las callejuelas de los alrededores son preciosas, con un montón de terrazas que avisan de la belleza que está por venir.

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El conjunto es Patrimonio de la Humanidad desde 1998, y aunque sea difícil quedarse con algún edificio en concreto los que más destacan son el Hôtel de VilleStadhuis (Ayuntamiento), de estilo gótico, las casas de los gremios (renacentistas) y la Maison du Roi – Broodhuis, es decir, la Casa del Rey, del mismo estilo que el ayuntamiento, y en la cual se encuentra el Museo de la Ciudad de Bruselas. Como turistas, también es interesante que en la misma plaza central se encuentra una oficina de Turismo. Además, hay algunos museos más en la plaza, pero el hambre ya apretaba y decidimos irnos a comer.

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Para comer hay muchas opciones en Bruselas, pero al estar en la zona más céntrica hay que elegir bien para no ir al típico sitio de guiris en el que comerás mal por mucho dinero. En nuestro caso, gracias a los consejos de un español que vive en Bruselas, optamos por ir a la Rue du Marché aux Fromages – Kaasmarkt, conocida como “la calle de las pitas”. En ella hay muchos restaurantes en los que comer, con una característica en común: todos son de comida griega. Por muy poco dinero (11€ entre los dos), comimos a unos metros de la Grand Place una especie de kebab a la griega, con patatas fritas y bebida.

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Una vez comimos volvimos a la Grand Place, para ir al Museo de los Cerveceros Belgas. La verdad, nos defraudó un poco, pues es muy pequeño, no tiene ningún tipo de señalización de las piezas expuestas y en el caso de que no vayas con la Brussels Card es carísimo para lo que ofrece (5€). En su interior hay dos salas: en una, se exponen los instrumentos que utilizaban en el siglo XVIII para fabricar la cerveza; en otra, se recrea el método moderno e industrial, todo ello amenizado con un vídeo que no estaba en castellano.

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Tras los diez minutos que nos llevó ver el museo, nos fuimos al sureste de la ciudad a ver otras cosas, por lo que utilizamos el Metro de nuevo. Fuimos desde la Gare Central – Centraal Station hasta Maelbeek – Maalbeek. En la Estación Central siempre había una especie de mercadillo hippie, en el cual Eri se compró una enorme bufanda.

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Nada más bajar, nos encontramos con toda la zona “europea”, es decir, con todos los edificios que albergan las diferentes instituciones de la Unión Europea. Entre los edificios que más llaman la atención están el Comité Económico y Social Europeo y el Parlamento Europeo, con su característica arquitectura.

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De camino a algunos museos, tuvimos que atravesar el Parc Leopold, uno de esos lugares que descubres de casualidad y que te enamoran. En él había un pequeño lago, árboles enormes -al menos árboles que Eri no podía rodear- y mucha gente haciendo atletismo. También había una señora dando de comer a los cuervos.

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En pleno Parc Leopold se encontraba la causa de nuestro desplazamiento a esta zona de Bruselas, Museum des Sciences Naturelles – Museum Voor Natuurwetenschappen, el Museo de Ciencias Naturales claramente. Es un sitio espectacular, muy didáctico y con una colección de lo mejorcito de Europa en algunos aspectos.

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La parte del museo de más importancia es la relacionada con los dinosaurios, que fue abierta al público en 2007. En ella se pueden encontrar los increíbles restos originales de los iguanodontes de Bernissart, además de otras muchas especies conocidas por películas tan entrañables como Parque Jurásico o En Busca del Valle Encantado (y sus ochocientas secuelas).

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Una de las cosas que más llaman la atención cuando tienes los restos de los animales montados es su impresionante tamaño. En especial, los más grandes eran el esqueleto de Apatosaurus (más conocido como Piecito) y la pata de cuatro metros del Brachiosaurus. También había algunos vídeos y cosas relacionadas con la paleontología, como una muestra de excavación.

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El resto del museo se compone de diferentes salas agrupadas por especies, desde mamíferos hasta insectos o moluscos. De las piezas que más nos gustaron hay fotos aquí debajo: a la izquierda está el protagonista de Ice Age y a la derecha está una ballena que se come 40 ó 50 Erikas de aperitivo. También había biblioteca y un restaurante, pero como teníamos ganas de ver más cosas nos fuimos en seguida.

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Andando unos pocos minutos llegamos al Parque del Cincuentenario, que se construyó en 1935 para conmemorar la primera centuria de independencia belga. El parque es enorme, una especie de Retiro a lo bruselense, con algunos elementos que destacan especialmente como el Arco del Cincuentenario, una construcción enorme a la cual se puede subir -cosa que nosotros no hicimos-.

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Si fuimos allí fue para ir a ver un museo más que peculiar: el Autoworld, que es el Centro Mundial del Automóvil. Hasta la II Guerra Mundial la industria automovilística fue una de las más importantes del país, y en este museo se conservan más de 400 vehículos, desde 1886 hasta los años 70 del siglo XX. Las piezas son de un valor incalculable, y no solo incluyen coches sino que también hay gasolineras, pequeños talleres, etcétera.

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Entre los automóviles, también hay una gran variedad: coches de bomberos, limusinas, motos… Algunos vehículos son perfectamente reconocibles, como el legendario Ford T o el típico 2 Caballos. También hay otro diseñado siguiendo directrices del sha de Persia. Vamos, el paraíso de cualquier fan del motor que se precie.

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A partir de aquí la noche se nos vino encima, y como todavía hicimos bastantes cosas hemos preferido contarlo en otro capítulo.

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