Abadía, la belleza de la ruina dispersa

No lo vamos a negar: nos ha quedado un título demasiado poético. Pero es que es imposible no ponernos trascendentes al pensar en Abadía, uno de los ocho pueblos del valle del Ambroz. El nombre que le hemos puesto al artículo responde a la realidad abadiense del siglo XXI: un convento en ruinas, un palacio prácticamente cerrado al público, unas piscinas naturales y un casco histórico pequeño pero resultón. Un montón de cosas para visitar que es recomendable ver en coche, ya que están algo alejadas unas de otras.

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RESTOS DEL CONVENTO DE LA BIEN PARADA

Tras pasar la mañana en Hervás y luego ir a Aldeanueva del Camino, Abadía era nuestra tercera parada en el Valle del Ambroz. Con una horita o así es suficiente para ver todo lo que os vamos a enseñar, yendo sin prisas (ir rápido en esta comarca extremeña debería estar prohibido).

El caso es que empezamos por el Convento de la Bien Parada, o mejor dicho por lo que queda de él. Estamos hablando de los restos de un antiguo convento franciscano, cuyo marcado estilo barroco indica que probablemente fue fundado en el siglo XVI. Aunque vivió una época más o menos esplendorosa, funcionando como facultad de Música y de Teología, hay constancia de que lleva en estado de ruinoso abandono desde al menos el siglo XIX.

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Nos resultó muy llamativo que este convento sea uno de los grandes atractivos turísticos del pueblo y, sin embargo, vea pasar los días de una forma tan marginal. Vale que su ubicación a las afueras de Abadía no ayuda demasiado, pero llegar hasta las ruinas no es sencillo (la señalización es escasa), no hay aparcamiento y la cartelería es muy pobre. Eso por no hablar de la sensación de abandono y falta de conservación.

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Nos gustaría poder escribir palabras más amables del Convento de la Bien Parada, pero no es posible. Somos licenciados en Historia y hemos participado en varias excavaciones arqueológicas, por lo que sabemos de sobra cuando un vestigio arqueológico goza de buena salud y cuando está en mal estado. En este caso, si no se remedia pronto, quizá en unas décadas no queden más que los cimientos.

Pese a todo, os animamos a pasaros por aquí. En pocos lugares se puede ver de una manera tan nítida el esqueleto de un edificio de la época de los Austrias, incluyendo una cúpula desnuda.

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PISCINAS NATURALES DE ABADÍA

Volviendo del convento en dirección al pueblo, vimos anunciadas unas piscinas naturales. Realmente no teníamos intención de bañarnos, pues estábamos en pleno mes de noviembre y hacía bastante frío, pero nos desviamos unos minutitos para verlas ya que habíamos leído que merecía la pena. Y sí, fue todo un acierto, pues el río Ambroz está precioso a su paso por abadía.

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Al pensar en piscinas naturales nos vinieron a la mente infinidad de ejemplos negativos, pues en un montón de pueblos se anuncia algo así y luego son presas hechas a base de cemento. Sin embargo, en este caso daban exactamente lo que prometían: un pequeño remanso de agua cristalina en el que bañarse con total seguridad. Ya hemos dicho que no nos mojamos, pero damos fe de que el agua estaba limpísima.

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Como habéis leído en este y en otros capítulos, el Valle del Ambroz nos ha llegado al corazón. Esperamos volver a él más de una vez, por lo que dejamos apuntado este sitio en caso de que las futuras visitas se produzcan en verano. El merendero (incluyendo barbacoas) daba a entender que aquí se pueden pasar días geniales en los meses cálidos del año.

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PALACIO DE SOTOFERMOSO, SOLO DE LEJOS

Nuevamente cogimos el coche para, en un par de minutos, llegar al Palacio de Sotofermoso (también conocido como el Palacio de los Duques de Alba). Es un edificio interesantísimo, con unos ochocientos años de Historia y con mucho que contar: fue fortaleza templaria, abadía cisterciense, palacio ducal… Incluso puede presumir de que en él Lope de Vega y Garcilaso escribieron algunas de sus obras. Arquitectónicamente es una pasada, destacando por su patio mudéjar y por sus jardines renacentistas. Por si todo eso fuera poco, es un edificio protegido por la ley de 1985, por lo que está en un estado tirando a muy bueno.

Sobre el papel, todo parecía indicar que iba a ser uno de los grandes hits del viaje. Sin embargo, la decepción que nos llevamos fue mayúscula al llegar a sus puertas y encontrarnos con su restringido horario: ¡sólo abre los lunes de 10:00 a 11:15! ¡Y encima cierra festivos y durante todo el mes de enero! Cosas que solo pasan en España, pues es una propiedad privada y mientras estábamos por allí nos cruzamos con un señor del pueblo que dijo que en 30 años solo lo había podido visitar una vez. Gran decepción.

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PASEANDO POR ABADÍA

Tampoco era cuestión de quedarnos allí lamentándonos, así que volvimos al coche y seguimos con nuestra ruta. En este caso, la última parada viendo Abadía consistió en (¡por fin!) recorrer su pequeño casco histórico. En él encontramos el típico pueblito bueno, un lugar que no destaca por grandes edificios o por una animada vida cultural, sino por ofrecer al viajero la esencia de la vida más tradicional. ¡Nos encanta!

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Es bastante pequeñito, pero igualmente merece la pena. No hicimos un recorrido fijo, simplemente fuimos dejándonos llevar por los rincones que más nos llamaban la atención. La referencia siempre era la Casa Consistorial, un edificio del siglo XIX. Por alguna extraña razón, nos encantan los típicos ayuntamientos de finales del XIX y principios del XX. Algún día haremos un post temático sobre ellos.

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Por último, más o menos en las afueras, está la Iglesia de Santo Domingo. Su elemento más destacado es el campanario, construido a base de grandes moles de granito. En general es un edifico bastante contundente, de esos que parecen un pequeño mazacote. Por lo visto por dentro tiene unas cuantas obras de arte chulas, pero también estaba cerrado.

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Y no queremos cerrar este artículo sin ensalzar la parte más rural de Abadía, esas que recuerdan una historia fielmente ligada a la vida en el campo. En sus alrededores es posible caminar junto al río, ver pequeños rebaños de ovejas, buscar setas y, en definitiva, disfrutar del tiempo lento.

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Aunque al día le quedaba ya poquito tiempo, decidimos exprimir el reloj al máximo y desde Abadía nos fuimos a visitar Granadilla. Pero ya sabéis, eso lo contaremos en el siguiente capítulo.

Capítulo IIIVolver a Valle del Ambroz ’13Capítulo V

5 pensamientos en “Abadía, la belleza de la ruina dispersa

  1. Pingback: Granadilla, un pueblo abandonado con mucha vida | www.eduyeriviajes.com

    • La verdad es que es una pena que se encuentren estos edificios en este estado. Se puede hacer más, pero la cultura no es “rentable”, así que es preferible dejarlos como están. En fin, lo de siempre. ¡Saludos!

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